Comentario al Evangelio del 5 de octubre de 2026
¿Quién es mi samaritano?
El pasaje del Evangelio de hoy es conocidísimo y ha sido ampliamente citado. Toda la encíclica Fratelli Tutti, del papa Francisco, está centrada en esto. Muchas reflexiones y homilías de padres de la Iglesia insisten en el tema. A menudo, las reflexiones más modernas tienden más a enfatizar la necesaria caridad y el auxilio a las necesidades que deben practicar quienes siguen a Cristo. Ponen, por así decir, la moraleja de la parábola sobre nosotros. Así debemos hacer también nosotros. Nosotros debemos ser el “samaritano”. Ponernos en el lugar del “bueno” que hace por los demás, que se sacrifica, que da lo mejor. Y eso, por supuesto, es necesario y laudable. Pero no es suficiente. Quien pregunta a Jesús quién es su prójimo se ha colocado en el lugar de quien tiene buenas intenciones y quiere cumplir la ley del amor. Quiere alcanzar la vida eterna. Pero no lo puede hacer como superhéroe.
La cosa es que no se puede ser samaritano y alcanzar esa vida eterna si antes no hemos tenido un samaritano personal. Se debe dar vuelta a la pregunta. En lugar de “¿Quién es mi prójimo?”, podemos preguntar “¿Quién ha sido y quién es mi samaritano?” Es decir, ¿cómo y cuándo (y casi todos los días) caigo en la cuneta, a veces por mi propia culpa y otras veces por los golpes y vapuleos de la vida? A veces ni siquiera son golpes enormes o faltas enormes, sino los pequeños golpes, fallos, pecados, insultos, persecuciones, o injusticias sufridas o infligidas en otros, los que nos echan a cunetas esperando a que pase el samaritano. ¿De qué cunetas me saca, cada día, el Samaritano?
Reconocer al Cristo que se disfraza de Samaritano es poder “alcanzar la vida eterna”. ¿Quién nos da lo mejor de la vida: el vino que purifica, el aceite que suaviza y que unge para la batalla? Es quien da su propia Sangre, el Ungido de Dios que viene a ungir y a dar a su Espíritu, el óleo de la salvación.
Y ante todo esto, solo se puede dar la respuesta eucarística que sugiere el salmo: Daré gracias a Dios de todo corazón. Es la participación en la Eucaristía: da gracias, conviértete en lo que recibes. Es decir, reconoce al samaritano que viene a curar tus heridas y a llevarte sobre sus hombros, para convertirte en el samaritano que lleva otros. Recibe el pan partido y repartido para ser pan partido y repartido. Y así se alcanza la vida eterna.
Cármen Fernández Aguinaco