Comentario al Evangelio del 5 de noviembre de 2026
Las parábolas de Jesús tiene sabor a tierra, a campo, a mar, a flores, a vida cotidiana, a hombres y mujeres que se alegran, sufren, festejan, de padres e hijos, de quehaceres y oficios. Y muestran hasta que punto el Hijo de Dios se hizo hombre. Adquirió una naturaleza humana. No sobrehumana sino “divinamente” humana. Sensible, observador, atento, sabio, amable, exigente, tierno y riguroso, prudente y sensato, audaz y valeroso. A veces irónico, a veces mostrando un sentido del humor agudo. El hombre perfecto.
Es muy posible que la historia del pastor que deja a las noventa y nueve para buscar a la oveja perdida hubiera ocurrido si no exactamente así, de un modo parecido. O tal vez no: un pastor que pierde una oveja y se resigna porque tiene otras noventa y nueve en el redil. Muchas veces habló sobre pastores, sus usos y costumbres, su buen hacer y su mal desempeño. Y a sí mismo se tituló como el buen pastor.
En el arte paleocristiano se le representó como el buen pastor que carga una ovejasobre sus hombros. Así que todo el relato nos parece tan familiar y conocido que casi no nos asombramos de la comparación. Puede que, si alguna vez o más de una, hemos estado perdidos, no nos hayamos asombrado demasiado de la alegría del Pastor al volvernos al redil, mayor que la de tener consigo a las que no se extraviaron. Pero es asombroso. No que el pastor de la parábola se alegre sino que en el cielo haya mayor alegría por nuestra vuelta que por los cientos de miles de santos que gozan de la presencia de Dios. ¿De verdad no es exagerado?
Según nuestra lógica, tan exagerado como el perdón de Jesús a los que le crucificaron o el “hoy estarás conmigo en el paraíso” dicho a Dimas. El amor de Dios por los hombres es un misterio de infinita misericordia. “Es de bien nacidos, ser agradecidos”. Que toda nuestra vida sea una acción de gracias al Señor por esa infinita misericordia.
Cármen Fernández Aguinaco