Comentario al Evangelio del 5 de junio de 2026
De la lectura del Evangelio de hoy, algo sorprendente, creo, es ese final: “una muchedumbre numerosa le escuchaba con gusto”. Entre la muchedumbre, supongo no debían estar muchos escribas, saduceos y fariseos. Por lo menos no estarían los que según los relatos del mismo capítulo de Marcos, interrogaron a Jesús con propósitos escasamente amistosos.
La muchedumbre numerosa, sin embargo, debió entender que Jesús se estaba revelando como Dios mismo. En definitiva, Jesús se declara a sí mismo como la segunda persona de la Santísima Trinidad que se hizo carne para nuestra salvación. No estoy muy segura de que aquella muchedumbre lo comprendiera. Ni aquellos ni muchos bautizados que recitamos el Credo y nos santiguamos, pero sin duda, ellos y los cristianos de todos los siglos casi sin ser conscientes lo vivimos.
Dice San Cirilo de Alejandría que Cristo está sentado a la derecha de Dios Padre, pero no entró en posesión de esta dignidad despues de su encarnación, sino “antes de todos los siglos”. “El engendrado de Dios, el Hijo único desde siempre posee el trono a la derecha del Padre”. Pues bien, en el relato de la creación, Dios crea en plural: “hagamos”. Y al culminar la obra con el ser humano dice que este ha sido creado a nuestra imagen y semejanza. Es decir somos criaturas hechas a imagen y semejanza de Dios y por lo tanto tenemos algo de trinidad. Esta convicción de haber sido creados a semejanza de la Trinidad es algo que modela nuestra forma de ser y de estar en el mundo, posiblemente mucho más de lo que nos podemos imaginar.
Existe una profunda conexión lógica, teológica y psicológica entre el misterio de la Trinidad y la autopercepción de una persona de fe. Dado que Dios no es una “soledad infinita”, sino una comunión perfecta de tres Personas (Padre, Hijo y Espíritu Santo) que se aman, creer en la Trinidad transforma radicalmente la forma en que el creyente vive, se relaciona y entiende su propia existencia. Si Dios es relación y comunión, la psicología humana replica esa estructura. El ser humano psicológicamente necesita de la alteridad (del “otro”) para conocerse y realizarse. El creyente no ve en el prójimo una amenaza, sino un espejo de la misma imagen divina. La madurez psicológica del creyente equilibra la sana autovaloración con la capacidad de empatía y entrega.
Alguien que se percibe a sí mismo como un “diseño deliberado” tiene un sentido de trascendencia y propósito y experimenta una unificación psicológica en sus metas. Su vida no es el resultado del azar biológico ciego, sino un proyecto con un destino eterno. Vivir así es lo que propone Jesús: el ciento por uno y al final la vida eterna.
Virginia Fernández Aguinaco

