Comentario al Evangelio del 5 de abril de 2026
Él había de resucitar de entre los muertos.
Queridos hermanos, paz y bien.
¡Ha resucitado el Señor! Es el grito de alegría que se está escuchando por todo el mundo. No es para menos, porque ese grito nos recuerda que nuestra vida tiene sentido, y que nuestra fe no es vana. En Rusia, donde vivo y celebro, la costumbre es gritar tres veces “Ha resucitado el Señor” y la gente responde “Verdaderamente ha resucitado”. Es un momento muy emocionante.
Para llegar a este punto, hemos tenido que recorrer un largo camino, que empezó el Miércoles de Ceniza, aunque la cosa comenzó en Navidad. Hemos estado acompañando a Jesús desde Belén a Jerusalén, contemplando y meditando su niñez, sus comienzos apostólicos y su consagración por entero al anuncio del Reino de Dios.
Sobre todo, en la Cuaresma nos hemos centrado en el conocimiento de lo que significa Jesús para el creyente. Lo hemos visto vencedor de las tentaciones, glorioso en su Transfiguración, fuente de agua viva, como Aquél que da la luz al ciego y, al final, como Señor de la Vida. Todos esas facetas de la única imagen de Cristo nos han ayudado a llegar hasta este día de la Pascua.
En las lecturas de hoy podemos ver los esfuerzos de los primeros cristianos por compartir con todos su experiencia de la Resurrección de Cristo, de una manera simple y atractiva. El texto que hoy escuchamos es una especie de “credo”, un anuncio de lo esencial del mensaje del Reino. Se cuentan los inicios de la misión de Jesús y el sentido de su tarea para los pobres. Además, se subraya la tarea de la comunidad y su desarrollo posterior como prueba de su resurrección. Toda la vida apostólica de Jesús se ha juntado en esta charla que está hecha para enseñarle a los nuevos alumnos cómo la tarea del Maestro de Galilea sigue en la obra del grupo.
No se trata de una filosofía, ni de una ideología, ni de un código moral detallado. Se trata del anuncio de los acontecimientos que acabamos de celebrar en la Semana Santa: la vida de Jesús de Nazaret, desde Galilea, al norte del país de los judíos, hasta Jerusalén, la capital. Su predicación y sus milagros como signos de la misericordia de Dios. Su muerte en la cruz y su resurrección de entre los muertos, de la cual los apóstoles han sido constituidos testigos fidedignos. A sus oyentes, y a nosotros hoy, Pedro exhorta a creer en Jesucristo para obtener la salvación. Este es el contenido fundamental de nuestra fe, que todos debemos testimoniar gozosamente con nuestra vida y con nuestras palabras. Porque son hechos salvadores, liberadores, por los cuales Dios se nos entrega como Padre, perdonando nuestros pecados y dándole sentido a nuestra vida, a veces tan extraviada y tan sufrida.
Él mismo, libre ya de las cadenas de la muerte, viene a nuestro encuentro; a lo largo del camino de la vida se nos concede encontrarnos con él, que no desdeña hacerse peregrino con el hombre peregrino, o mendigo, o simple hortelano. Él, el Inaprensible, el totalmente Otro, se deja encontrar en su Iglesia, enviada a llevar la buena noticia de la resurrección hasta los confines de la tierra. Por eso podemos buscar los bienes de arriba, como dice san Pablo.
Todo esto tiene su culmen y su manifestación más plena en la resurrección de Jesús. El sepulcro está vacío. Las mujeres no encuentran a nadie, y los discípulos tampoco. La tumba vacía les ayuda a entender lo que significa eso de “la resurrección de entre los muertos”. Ahora toca dar testimonio de esa presencia viva de Dios entre nosotros. Ellos y nosotros somos testigos del sepulcro vacío, testigos del resucitado.
Para buscar a Dios en la vida y dar testimonio de Él, el evangelio de Marcos nos marca el camino: “Él va por delante de vosotros a Galilea. Allí lo veréis”. Galilea es nuestra vida de cada día, nuestra familia, nuestros trabajos, nuestros quehaceres diarios. Entre ellos anda el Señor resucitado, allí podemos encontrarnos con Él. Allí es donde Él nos llama a ser sus testigos, como Jesús lo hizo, con su estilo de vida. Se trata de vivir como Él vivió. También estamos llamados a dar un testimonio comunitario, como Iglesia.
Un recuerdo especial para todos los que han recibido el Bautismo en la Vigilia Pascual o en la Misa del día de Pascua. Este año, en nuestra parroquia de Múrmansk, se ha bautizado un chico joven. Él, como tantos otros, se convertirá, como lo somos nosotros, en testigos de un Dios que ama la vida y a las personas y que ha resucitado a su hijo Jesús para que todos tengamos Vida para siempre. Juntos seguiremos caminando al encuentro de Jesús resucitado. Que nuestra vida sea signo de la presencia de Jesús resucitado entre nosotros. Que lo compartamos con alegría con los que conviven con nosotros.
Vuestro hermano en la fe, Alejandro, C.M.F.

