Comentario al Evangelio del 4 de octubre de 2026
“Se os quitará a vosotros el reino de Dios”
Queridos hermanos, paz y bien.
No se dedicó Jesús a hacer amigos, en su camino terrenal. Decía las cosas como son, por eso acabó como acabó. Si repasamos lo visto en estos últimos domingos, ya no es sólo tener que perdonar setenta veces siete, o que nos adelanten por la derecha los que acaban de llegar, las prostitutas y los pecadores. Es que nos van a quitar el Reino de Dios, si nos descuidamos. Lo que hay que aguantar… Es para pararse a pensar. Y hoy Jesús nos da más motivos para la reflexión. Para eso escuchamos cada domingo la Palabra, para que nos ayude a pensar sobre nuestra vida..
Hace unos días, celebramos la memoria de san Jerónimo, uno de los cuatro doctores de la Iglesia Latina. Presbítero, hombre de vida ascética, eminente literato. Padre de las ciencias bíblicas y traductor de la Biblia al latín. Él decía que el que no conoce las Escrituras, no conoce a Cristo. Reflexionando, reflexionando, he recordado que ya hace treinta y cuatro que comencé el Postulantado, cerca de Madrid, en Los Negrales, España. Allí, recibí la Biblia que utilizo para mi oración personal, y que también utilicé en los estudios de teología.
Un poco antes yo había empezado a leer la Biblia por curiosidad. Me gusta mucho leer, y la Biblia es algo que tenía a mano, y que me resultaba interesante. Además, lucía mucho eso de decir que leía la Biblia. Incluso antes de saber que san Antonio María Claret, nuestro Fundador, hacía lo mismo. Poco a poco, fui avanzando, y hasta hoy mantengo la costumbre de leer algunos capitulitos cada día. Es una sana práctica, que no perjudica la salud física y ayuda para la salud espiritual.
Pues bien, cuanto más leo la Biblia, más miedo me da. Hay algunos textos, en concreto, que me dan que pensar especialmente. Claro está, depende de la actitud con que nos enfrentemos a los textos.
Podemos escuchar las lecturas de la Misa como las noticias del Telediario. Pura y simple información, que nos puede impactar, sobresaltar más o menos. En español decimos oír algo como quien oye llover.
Hay otra forma de escuchar las lecturas de la Eucaristía. Pensando qué bien le viene eso a mi vecina, a mis amigos, a mi compañera de estudio o de trabajo… Siempre mirando a los demás, nunca mirando hacia dentro de nosotros. Conmigo no va nada de eso. Es como esa gente que viene a confesarse, y te cuenta los pecados de su vecina. Siempre los otros son, los otros hacen, los otros dicen…
Podemos escuchar las lecturas, por fin, con verdadero interés. Pensando que ese texto está dirigido a mí, habla de mí, se refiere a mí. Yo, en pleno siglo XXI, en la ciudad de Múrmansk, estoy oyendo algo que me debe llegar al corazón. Algo que viene de Dios, para mí. La Palabra de Dios que se dirige a mí. Casi nada.
Qué distinto es oír hablar de la viña, y pensar en un arbolito, no demasiado alto, del que se puede obtener uvas y vino. Sin más. Qué distinto es pensar en mi propia persona como esa viña, que Dios cuida con amor, que prepara para que todo esté bien, y podamos crecer y dar mucho fruto. Qué diferente resulta todo, cuando leemos el texto en primera persona. Dios me ha plantado, me cuida, me riega, me protege en los momentos malos, ilumina mis miedos con la luz de su verdad… Dios está ahí, pendiente de mí. Yo soy esa viña.
Eso no significa que Él esté siempre encima de nosotros. Dios «se ausenta», es decir, respeta los márgenes de nuestra libertad, de nuestra iniciativa, de nuestra autonomía. Este es el momento peligroso. Viene la locura de la posesión, la falsa idea de que nadie jamás nos pedirá cuentas porque el dueño está lejos y quizá no vuelva nunca. Es el espejismo que ciertas cosas provocan en la conciencia: el dinero, el poder, el prestigio, el orgullo. Dios, el dueño de la viña «está de viaje», lo hemos marginado para siempre de nuestro quehacer.
Dios está ausente, pero eso no significa que no le importe el problema, ni que evada sus responsabilidades, ni que deserte de su posición de dueño de la viña. Significa un incomprensible respeto al hombre. Dios toma en serio al hombre y le deja actuar. No hace de él un robot. No interviene inmediatamente en escena, como hubiéramos hecho nosotros, que al primer rechazo de los viñadores y a su violenta oposición nos hubiera faltado tiempo para enviar a los antidisturbios, a la Policía especial y al Ejército. Los pensamientos de Dios no son nuestros pensamientos. Muy lejos está Dios de pensar como nosotros. Dios espera siempre. Dios confía siempre. Dios nunca muestra su orgullo ofendido.
Precisamente por eso me dan miedo estas lecturas. Porque son como el aviso que Dios nos dirige, me dirige, para que estemos atentos. Él nos está cuidando, desde siempre. Por eso debemos responder con la misma moneda. Un Dios que se empobrece y vacía, se encarna, para ser tan miserable como el hombre… ¿Hay un amor más irreflexivo e imprudente? ¿Podemos nosotros entender un amor tan grande? ¿O es que no nos atrevemos a admitirlo porque exigiría demasiado de nosotros? Podemos imitar a Dios en otras cosas, pero en su amor es demasiado para nosotros. Mi miedo es no responder como debo. Saber lo que tengo que hacer, pero no hacerlo, o hacer lo que no debo. Por eso es tan importante caer en la cuenta de que el mensaje del Evangelio se dirige a cada uno de nosotros. Si entendemos este misterio de amor, todo será más fácil. Orar será darle gracias a Dios espontáneamente, por cuidarnos en todo momento, y no algo que tengo que hacer por obligación. La Eucaristía será verdadera acción de gracias, y no una rutina que me mandan.
A veces tengo envidia de aquellas personas que acaban de llegar a este camino. Para las que todo es nuevo, el Evangelio no es conocido, y por eso prestan más atención. Esas personas no corren el peligro de decir ya me lo sé. Ojalá el Señor nos dé a todos un corazón de niño, siempre abierto a la novedad, y capaz de expresar con nuestras obras el amor al Dios que nos cuida. Somos su viña. Demostrémoslo en nuestra vida.
Vuestro hermano en la fe, Alejandro, C.M.F.