Comentario al Evangelio del 4 de abril de 2026
Es tiempo para el silencio. La muerte nos deja sin palabras y la falta de ruido es posible que nos abra un hueco en la cabeza para pensar y reflexionar en lo sucedido. Ahí está la realidad: Jesús ha muerto solo. Prácticamente todos los que le seguían han salido corriendo. Nadie ha levantado una mano para defenderle. Sus palabras sobre el Reino se han quedado casi perdidas en la lontananza del tiempo y, sobre todo, de los últimos acontecimientos. Es tiempo para la desolación.
Es tiempo para mirar a nuestro alrededor. En este mundo, en nuestra vida, suceden cosas maravillosas. Pero también está presente la muerte, el dolor, el abandono. Basta con atender un poco a los medios de comunicación. ¡Cuántas muertes sin sentido! ¡Cuánto dolor gratuito! ¡Cuánta injusticia! ¡Cuántas vidas a las que la pobreza, la marginación, la enfermedad, la depresión, quedan sin sentido, sin vida!
Es tiempo para el silencio. Es tiempo para levantar los ojos y descubrir el vacío. La cruz está vacía. Solo quedan la fe y la esperanza desnudas. La fe y la esperanza como opciones casi en el vacío. Como lo tuvo que vivir y experimentar el mismo Jesús en la cruz. La fe es mantener los ojos abiertos ante esa realidad tan dura. Y seguir manteniéndolos abiertos. Por mucho que por dentro nos brote el deseo de cerrarlos y trasladarnos con la mente a vivir en un mundo más feliz, un mundo sin dolor.
Es tiempo de silencio y de mantener los ojos abiertos para seguir mirando a una realidad que nos duele, que no nos gusta. No es tiempo para evadirnos. No es tiempo para mirar para otro lado ni para cambiar de conversación. Y ahí, precisamente ahí, decir que seguimos creyendo, que nos vamos a seguir comprometiendo a vivir y trabajar por el Reino. Porque Dios, a pesar de la oscuridad, no nos va a fallar.
Fernando Torres, cmf

