Comentario al Evangelio del domingo 25 de enero de 2026

Fecha

25 Ene 2026

Os haré pescadores de hombres.

Queridos hermanos, paz y bien.

Celebramos el domingo de la Palabra de Dios. El Domingo de la Palabra de Dios es una iniciativa profundamente pastoral para hacer comprender cuán importante es en la vida cotidiana de la Iglesia y de nuestras comunidades la referencia a la Palabra de Dios, una Palabra no encerrada en un libro, sino que permanece siempre viva y se hace signo concreto y tangible.

La cita bíblica con la que se celebrará la VII edición del Domingo de la Palabra de Dios está tomada de la carta de san Pablo a los Colosenses: “La palabra de Cristo habite en vosotros” (Col 3,16).

La Palabra que hoy conmemoramos arroja siempre algo de luz en nuestras vidas. Esa luz que aparece en las lecturas de este domingo, esa luz que tanto añoramos los que vivimos muchos meses en oscuridad, cerca del Círculo Polar.

En casi todas las páginas del Evangelio se tomen por donde se tomen, hay una premisa, un requisito, un principio desde el que se entiende y facilita todo lo demás: El encuentro con Jesús. Parece que todos los relatos evangélicos nos hablan de lo mismo. Podemos decir que uno se convierte en cristiano cuando se encuentra con Jesús. Porque entonces vemos la Luz.

Eso quiere decir que debemos evitar confundir la vida cristiana con un conjunto de prácticas externas, o con un código de comportamiento moral, o con una serie de verdades más o menos complicadas a las que asentir, o con la pertenencia al colectivo humano de una Iglesia… Todas esas cosas son, por supuesto, muy importantes, pero antes que ellas y previas a ellas lo esencial es haberse encontrado con Jesús.

Jesús no es un difunto, como puede ser Napoleón o Gandhi: No le conviertas, por tanto, en un fósil polvoriento de museo. Es verdad que a los creyentes nos complica un poco la vida el que de Jesús no conservemos ni una sola reliquia, ni siquiera un mal trozo de túnica que presentar en vídeo y convencer a los que dudan… Pero somos muchos los que nos hemos topado con Él. Porque Jesús de Nazaret, el Señor, está Resucitado.

Este Viviente amigo es el que pasa llamando, interpelando, inquietando, molestando. Peregrina por muchas vidas y se mete incluso donde no le llaman. Suele presentarse sin avisar. Nos invita como a esa doble pareja de hermanos pescadores del Evangelio a seguirle. A dejarnos fascinar y seducir por su persona, por su manera de entender la vida, por su forma de des-vivirse por los demás, por su deseo de convivir con muchos. Verle es cambiar. Y cuando ello ocurre, nos pasa lo mismo que a un musulmán sufí de Murcia, Ibn Arabí: «Aquel cuya enfermedad se llama Jesús, ya no puede curar.»

«El Reino de Dios está cerca: convertíos». «Convertíos». No se nos dice: «no os mováis», «podéis quedaros con los brazos cruzados, mano sobre mano». Cuando es de noche, podemos quedarnos quietos, sin movernos; podemos tener los ojos cerrados. ¿De qué te sirve abrir los ojos si no hay luz que te permita ver?, ¿de qué te sirve ponerte a caminar, si quizás estás retrocediendo en lugar de avanzar, o te estás extraviando? Pero cuando hay luz, las cosas cambian: «pecas» contra la luz si no abres los ojos; «pecas» contra la luz si no te pones a caminar: «caminad mientras tenéis luz, antes que os envuelva la tiniebla, caminad».

Jesús llama al seguimiento a Pedro, a Andrés, a Santiago y a Juan. Principio quieren las cosas. De aquel germen ha surgido la Iglesia; sobre aquellos primeros cimientos se ha construido el edificio. Para realizar su misión liberadora Jesús cuenta con colaboradores: son los primeros discípulos que reciben su llamada. A ellos dice “Venid y seguidme, y os haré pescadores de hombres”. La vocación es la respuesta a una llamada que el hombre recibe de parte de Dios. Quien toma la iniciativa es el que llama, el Señor. Muchos seguían a Jesús de forma interesada: porque hacía milagros, porque pensaban que les iba a ofrecer poder u otros beneficios. Jesús, en cambio, busca hombres que se dejen seducir por su palabra y su fuego, que se apasionen con sus proyectos y su estilo de vida. Por eso los llama, para que estén con Él y vean cómo hay que hacer las cosas.

Es innegable que hay dificultades que hacen difícil, a veces, el seguimiento de Jesús. La primera es la radicalidad, la entrega total que Él propone: hay que estar dispuesto a dejarlo todo para seguirle. Así lo hicieron aquellos pescadores que, dejando las redes, la barca y hasta a su padre –los hijos de Zebedeo-, lo siguieron. Comprobarán después la segunda dificultad, pues el Hijo del Hombre no tiene donde reclinar la cabeza: los medios con que cuentan para proclamar el Evangelio son mínimos, lo único que les servirá será su testimonio personal. Nos lo recuerda san Pablo en la segunda lectura. Y dar testimonio cuesta. Pero la dificultad mayor va a ser comprender el sentido de la misión: ¿qué entenderían ellos cuando les decía que iban a ser pescadores de hombres? Lo comprenderían después de la resurrección…

La presencia de Jesús y su Evangelio hacen más humana la vida. Se nos invita a mostrar nuestras razones de vivir, se nos invita a luchar contra la enfermedad. Donde se hace presente el Evangelio se promueve el amor a la vida y el servicio a la vida. Evangelización y promoción humana no son realidades extrañas; van del brazo. El Evangelio se dice con palabras que anuncian a Jesús y se dice con gestos «hechos en el nombre del Señor Jesús». Y en la Palabra de Dios tenemos recogidas esas palabras. No desaprovechemos la oportunidad de escucharlas. Esa Palabra está disponible siempre.

Vuestro hermano en la fe, Alejandro, C.M.F.

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