Comentario al Evangelio del 31 de agosto de 2026
El Espíritu del Señor está sobre Mí, porque Él me ha ungido.
Queridos hermanos, paz y bien.
Hay escenas del Evangelio que sorprenden porque muestran que seguir a Jesús no siempre resulta cómodo. Porque no todo es como creemos. A veces, las cosas no son como parecen. Jesús regresa a Nazaret, el pueblo donde había crecido. Todos lo conocen desde pequeño y esperan escuchar palabras que les llenen de orgullo. En la sinagoga lee un texto del profeta Isaías que anuncia la llegada del tiempo de la salvación y, después, pronuncia una frase que cambia por completo el ambiente: «Hoy se cumple esta Escritura que acabáis de oír».
Al principio, quienes lo escuchan quedan admirados. Sin embargo, esa admiración dura poco. Cuando Jesús les recuerda que Dios no actúa según nuestros esquemas y que su amor alcanza también a quienes son considerados extraños o enemigos, el entusiasmo se convierte en rechazo. Aquellos vecinos que lo habían recibido con agrado terminan expulsándolo del pueblo.
Este relato nos recuerda una verdad muy humana. Nos encanta un Dios que confirme nuestras ideas y bendiga nuestros planes, pero nos cuesta aceptar que su mirada es mucho más amplia que la nuestra. Jesús rompe fronteras, derriba prejuicios y nos invita a descubrir que nadie queda fuera de la misericordia de Dios. Incluso aquellos a los que nos cuesta trabajo mirarlos.
También nosotros podemos caer en la tentación de pensar que conocemos perfectamente a Jesús, simplemente porque hemos convivido con el Evangelio desde hace años. Nos suenan las lecturas, conocemos los ritos y algo podemos decir de la vida de Jesús. Pero conocer datos sobre Él no es lo mismo que dejarse transformar por su palabra. Cada vez que escuchamos el Evangelio tenemos la oportunidad de permitir que Dios ensanche nuestro corazón y nos ayude a mirar a los demás con más compasión, menos etiquetas y una esperanza renovada.
La reacción de los habitantes de Nazaret nos invita a preguntarnos si estamos dispuestos a acoger un mensaje que cuestione nuestras seguridades. La fe madura precisamente cuando dejamos que el Señor nos sorprenda y nos conduzca por caminos nuevos, incluso cuando no coinciden con nuestras expectativas. Recordando las palabras de Pablo, “con la manifestación y el poder del Espíritu, para que vuestra fe no se apoye en la sabiduría de los hombres, sino en el poder de Dios.”
¿Estoy dispuesto a dejar que la Palabra de Dios cambie mis prejuicios y mis formas de pensar? ¿A qué personas o situaciones me invita hoy Jesús a mirar con la misma misericordia con la que Dios las contempla?
Vuestro hermano en la fe, Alejandro, C.M.F.