Comentario al Evangelio del 30 de mayo de 2026 #2
Queridos hermanos, paz y bien.
Estamos en el Tiempo Ordinario, pero la Liturgia nos sigue presentando motivos para la reflexión. Esta semana, nada menos que la Santísima Trinidad. Porque siempre nos viene bien preguntarnos Quién es nuestro Dios, y cómo es el Dios en el que yo creo. Una repuesta que tenemos que ir actualizando, a medida que crecemos en la fe. Igual que la ropa de niños no nos vale, cuando crecemos, de la misma manera, la fe de niño debe ir creciendo conforme nos hacemos adultos.
De Dios es más fácil decir lo que no es que lo que es. Lo mismo pasa con la Santísima Trinidad. La Trinidad es un concepto; es un concepto que trata de expresar la vida interna de Dios, su misterio más íntimo, qué es Dios para sí mismo. La Trinidad no divide la unidad de Dios. Misterio en teología no es lo desconocido, incognoscible o inexplicable. Misterio es lo que tiene tal cantidad de contenido que, por mucho que expliquemos, no logramos explicar todo el sentido que eso tiene. Cuando una cosa es en teología “misterio” no podemos ahorrarnos las explicaciones, sino todo lo contrario: tenemos que darlas todas sabiendo que nos quedaremos cortos, sabiendo que siempre se nos quedará algo sin explicar porque se trata de explicar a Dios.
El misterio de la Santísima Trinidad nos habla de un Dios Trino, de un Dios familia y comunidad. Es cierto que la fe siempre se vive a solas, en el interior del corazón, pero no es menos cierto que la expresión comunitaria de nuestra fe se consolida y se acrecienta en una comunidad que se reúne en nombre de Cristo. Donde dos o más se reúnen en mi nombre, nos dice Jesús, allí estoy Yo. Cuando expresamos comunitariamente nuestra fe en Dios Padre, es seguro que el Espíritu de Jesús está con nosotros. El cristianismo es fundamentalmente amor: amor a Dios y amor al prójimo. No podemos amar y adorar a nuestro Dios, olvidándonos de los hermanos.
Dios es Padre, y todos nosotros somos sus hijos. En un mundo tan inseguro saber que Dios es Padre es una buena noticia. Dios es Hijo, y por tanto es hermano nuestro, lo que significa cercanía, ayuda y amistad. Dios es espíritu, es como el desbordamiento de Dios, el Amor hecho don y abrazo. Es el Dios que se derrama sobre nosotros y nos llena de su fuerza, de su alegría, de su santidad. Cuando Dios quiso decirnos cómo era Él, se hizo hombre. Es el misterio central de nuestra fe. Es un misterio gozoso, que nos llena de alegría y de paz por dos razones: la primera, Dios porque es amor; la segunda, porque Dios es comunidad.
Que mi Señor vaya con nosotros, aunque éste es un pueblo de dura cerviz. Esta súplica que, prosternado en tierra, hizo Moisés a Dios, deberíamos hacerla nosotros todos los días. Somos personas de cerviz dura, que rompemos una y otra vez las tablas de la ley del amor a Dios y al prójimo. Sabemos que nuestro Dios es un Dios compasivo y misericordioso, lento a la ira y rico en clemencia y lealtad. Pero no pretendamos abusar egoístamente de la clemencia de Dios, porque Dios, además de ser clemente, es justo. Es seguro que Él nos va a perdonar siempre que nosotros, con verdadero arrepentimiento, le pidamos perdón, pero también es cierto que Él nos va a juzgar con justicia si nosotros no queremos doblegar nuestra cerviz dura y orgullosa, para arrepentirnos y pedirle perdón.
Dios no mandó su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo se salve por Él. La vida y la muerte de Cristo son producto y expresión de su amor a Dios y al prójimo. Cristo no murió para salvarse a sí mismo, sino para que nosotros fuéramos salvados por Él. Dios Padre no envió su Hijo al mundo para condenarnos por nuestros pecados, sino para salvarnos de nuestros pecados. La vida de Cristo es un regalo de amor que nos hace nuestro Padre, Dios, para enseñarnos el auténtico Camino para llegar hasta Él, la auténtica Verdad que nos haga libres y la auténtica Vida que sacie nuestras ansias de felicidad e inmortalidad. Así nuestra vida, la vida de cada uno de nosotros, debe ser un regalo de amor que nosotros hagamos a los demás, no, principalmente, para denunciar y condenar sus pecados, sino para ayudarles a librarse del pecado y a encontrar la salvación.
Tenemos un guía interior para este conocimiento: es el Espíritu de Dios. Él nos conducirá a la verdad completa de Jesús. Él nos guiará así a la verdad plena, aunque inabarcable, de Dios. Porque el Espíritu es el que sondea las profundidades de Dios; porque el Espíritu es el que, como una madre y como un pedagogo, nos conduce a la verdad completa. Él nos lleva por el camino del conocimiento y de la confianza. Para eso ha sido derramado en nuestros corazones. Para enseñarnos a mirar a Jesús y ver al Padre; para enseñarnos a acercarnos llenos de confianza al Padre.
Ahí tenéis unos breves apuntes sobre el Dios en que creemos y cuyo misterio celebramos hoy. Un Dios discreto, que no se impone de forma apabullante, avasalladora, de suerte que a uno no le quede más remedio que aceptarlo, por las buenas o por las malas, tanto si le gusta como si no. Tan discreto, que no quiere que la gente hinque la rodilla a la fuerza y doble la cabeza contra su voluntad. Dios quiere amigos, no esclavos. Un Dios que, por otro lado, da señales patentes de vida, para que lo encuentre todo el que lo busca, y que nos propone a Jesús como el lugar definitivo de su manifestación; un Dios que con apropiada pedagogía nos enseña a abrir los ojos y a reconocerle, a quererle y a pedirle perdón con confianza. Ése es el Dios en que creemos, al que confiamos nuestra vida y cuyo misterio vamos a confesar ahora.
Vuestro hermano en la fe, Alejandro, C.M.F.

