Comentario al Evangelio del 30 de enero de 2026
¿Con qué podemos comparar el reino de Dios?
Queridos hermanos, paz y bien.
“Iglesia santa y pecadora” es una expresión que se ha usado desde antiguo. Describe bastante bien cómo somos, en conjunto e individualmente. Cada uno de nosotros sabe que dentro de él hay una parte oscura y otra iluminada, en permanente lucha entre ellas. Cómo estaríamos si Dios no nos echara una mano…
Ese lado oscuro de David sale a la luz en el relato de hoy. Pudiendo tener todas las mujeres que deseara, se fija en la esposa de uno de sus oficiales. Y tanto se encaprichó de ella, que no duda en ordenar que dejen morir a su esposo. La causa es que Betsabé está embarazada, fruto de aventura extraconyugal. Con tal de salvar su imagen, David recurre al asesinato. La de esperanzas que habían sido depositadas en este rey, y la cosa acaba así. Veremos que su pecado tiene consecuencias, aunque siempre queda abierta la esperanza del perdón.
Todo necesita su tiempo y su lugar. Lo recuerda Jesús en el Evangelio. Lo saben bien los agricultores, que trabajan cada día, confiando en que el trabajo dará su fruto. Con su pedagogía habitual, Cristo nos presenta el Reino de Dios a través de dos parábolas sencillas, tomadas de la vida cotidiana. Estas parábolas revelan una verdad profunda y consoladora: el Reino crece por la acción de Dios, no por el control humano.
Jesús compara el Reino con una semilla sembrada en la tierra. El sembrador duerme y se levanta, y la semilla germina y crece “sin que él sepa cómo”. Esta imagen cuestiona nuestra obsesión por la eficacia inmediata y el dominio de los procesos. El Reino no depende de nuestra ansiedad ni de nuestra impaciencia, sino de la fidelidad confiada a la obra de Dios.
La segunda parábola, la del grano de mostaza, refuerza esta enseñanza. Lo más pequeño, casi insignificante, se transforma en un arbusto capaz de acoger vida. Así actúa Dios: elige lo pequeño, lo oculto, lo humilde, para manifestar su poder. El Reino no irrumpe con espectacularidad, sino que comienza de manera discreta, casi imperceptible, y sin embargo su alcance es sorprendente.
Estas parábolas invitan a la comunidad cristiana y a cada uno de nosotros a sembrar con esperanza, aunque no vea resultados inmediatos. Nos llaman a confiar en que cada gesto de amor, cada palabra de justicia, cada acto de misericordia, aunque parezca mínimo, tiene una fecundidad que supera nuestros cálculos. El discípulo no es dueño del crecimiento, sino servidor del proceso. Y nadie es demasiado humilde o pequeño para no poder colaborar con algo.
En un mundo marcado por la prisa y la lógica del rendimiento, Jesús nos propone la lógica del Reino: paciencia, confianza y esperanza. Dios sigue trabajando en silencio, haciendo crecer su Reino en la historia y en el corazón de cada persona. Nuestra tarea es sembrar con fe y vivir abiertos a la sorpresa de Dios.
Vuestro hermano en la fe, Alejandro, C.M.F.

