Comentario al Evangelio del 3 de mayo de 2026

Fecha

03 May 2026

No se turbe vuestro corazón, creed en Dios y creed también en mí.

Queridos hermanos, paz y bien.

Evangelio del Domingo 3 de mayo de 2026El camino de la primera comunidad de discípulos, que hemos ido meditando en estas semanas de Pascua, parecía un camino de rosas. Ya hemos visto cómo vivían todos unidos con un solo corazón y con una sola alma, cómo se ayudaban los unos a los otros en todo lo que podían, moral y materialmente. Hasta hoy, cuando aparecen diferencias y discusiones entre los de lengua griega y los de lengua hebrea. Parece normal que, cuando un grupo crece, haya problemas de organización, seguramente sin mala voluntad. Pero algunos se molestaron, y eso dio lugar a una reflexión que puede sernos útil a nosotros, veinte siglos después.

Todos se reunieron y juntos llegaron a la conclusión de que había que diversificar los ministerios. Unos, a rezar y a celebrar el recuerdo de la última cena con el Maestro, o sea, dedicados a la liturgia. Otros, entregados al servicio de los necesitados, o sea, a la “diakonía”. Que para eso están los carismas en la Iglesia. Tuvieron reflejos los Apóstoles, para adaptarse a la nueva situación, para que todos tuvieran que comer y no disminuyera la oración. Los Discípulos les impusieron las manos a los diáconos elegidos, para que se viera la unión de estos diferentes carismas y la comunidad pudiera seguir viviendo en paz y armonía.

Esa paz que el Señor deseaba y los Apóstoles sintieron cada vez que se les apareció, después de haber resucitado. Hoy también hay palabras de pacificación. Es bonito escuchar unas palabras de consuelo en un mundo tan agitado. “No se turbe vuestro corazón”. El Buen Pastor, figura sobre la que meditábamos el domingo pasado, comienza con estas reconfortantes palabras un discurso muy profundo y personal. Recordemos el contexto: son las horas que siguen a la Última Cena, los Discípulos están angustiados, confundidos, acaban de saber, de labios del Maestro, que uno de ellos es un traidor, que Pedro le va a negar y que se va a un lugar donde no pueden seguirle, por el momento. Una situación angustiosa.

Y, en medio de este miedo, Jesús pronuncia estas palabras, que sonarían como una caricia para el alma. No les promete que el dolor desaparecerá, no les ofrece utopías o un mundo mejor, les ofrece un ancla, la fe. Creer en Él es la medicina contra la inquietud del corazón. Jesús les promete que su marcha no es para siempre. Es una forma de amor, porque va a prepararles un lugar en la casa del Padre. Esta promesa nos recuerda que nuestro destino último no es quedar a la intemperie, ni estar solos, ni tampoco el vacío absoluto, sino la comunión con Dios después de la muerte. La turbación ante la muerte es una realidad innegable, pero no es la última realidad. La última realidad la tiene Cristo, el Camino que nos lleva de vuelta a casa.

En ese momento Tomás, que siempre es muy expresivo (recordemos el deseo de tocar las llagas de Cristo, cuando estaba ausente en la primera aparición del Resucitado a los Apóstoles, su “ver para creer”) reconoce que no ha entendido nada. Ni sabe adónde va Jesús, ni sabe cómo llegar allí. Yo intuyo que los demás tampoco entendieron mucho, pero eso le sirve a Jesús para revelarse como “el Camino, la Verdad y la Vida”. Es la puerta por la que las ovejas van al Padre. Porque el Padre y el Hijo son Uno, por eso ver al Hijo es ver al Padre. “Ahora ya lo conocéis y lo habéis visto”, dice Jesús.

Pero no todo se aclara. Sigue la confusión y ahora es Felipe el que pone voz al desconcierto general: “Señor, muéstranos al Padre y nos basta”. “Casi nada”. Un deseo que todos podríamos suscribir, ver a Dios, tener la certeza de su existencia y poder vivir con total seguridad. Repito, “casi nada”.

Pero Jesús le abre los ojos a Felipe, y le hace ver que eso que pide, ya se ha cumplido. Está viendo a Jesús, que es como ver al Padre. Es la revelación hacia la que va llevando la predicación de Cristo. Ya tenemos todo lo que necesitamos para poder creer, para poder decir que vivimos en el Padre y en el Hijo y en el Espíritu Santo.

Finalmente, el texto nos deja una sorprendente promesa: los que creen en Él, realizarán las mismas obras y «hasta mayores». No es algo para que nos volvamos soberbios, sino más bien un recuerdo para que seamos las manos y los pies de Jesús en este mundo, movidos por la fuerza del Espíritu, que es la fuerza que Él se encargará de enviar. Seguir adelante con la obra que empezó el Señor.

En este momento del tiempo pascual, nos podemos preguntar:

¿Cómo te encuentras? ¿Vives en paz? ¿Haces realidad en tu vida el mandato de Jesús de que tu corazón no se turbe, en los momentos que sientes miedo o preocupación? ¿Crees en Él, también en los momentos de crisis que hay en tu vida?

¿Es Jesús para ti el único Camino, la auténtica Verdad y la verdadera Vida? ¿Se hace esto verdad en tu vida? ¿O buscas caminos aparentemente más cómodos, pero que no te proporcionan consuelo o sentido en la vida?

Sobre el conocer al Padre Dios, ¿qué rasgos de nuestro Padre Bueno puedes descubrir al observar el modo en que Jesús trataba a sus Discípulos? ¿Cómo puedes imitarlo en tu vida diaria?

Sabemos que, al final, creer es fiarse. No es comprender racionalmente; es acoger, dar crédito, encontrarse con el Señor y considerarlo en verdad como aquel que mueve los hilos de nuestra vida y dispone el desarrollo de todos los acontecimientos. Hasta que no lleguemos a esta experiencia de comunión —es decir, de abandono de nosotros mismos en Aquél que nos ha incorporado a Sí mismo en el Bautismo— no podremos decir que conocemos plenamente a Jesús y, en Él, al Padre. Para esto nos ha sido dado el Espíritu Santo. Él nos permite caminar por el sendero de Dios seguros de que lo dispone todo para nuestro bien.

Así se llega a conocer al verdadero Dios: aceptando a Jesús como modelo de hombre. Todo lo demás serán aproximaciones que necesariamente se quedan pequeñas, y sólo serán válidas si no se apartan de este camino que es Jesús, si no deforman esta verdad que es Jesús y si no arruinan esta forma de vida que Jesús sigue manteniendo disponible en la fuerza de su Espíritu.

Vuestro hermano en la fe, Alejandro, C.M.F.

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