Comentario al Evangelio del 29 de septiembre de 2026
El otro día leí que cuando viaja el presidente de los Estados Unidos lleva consigo una comitiva de unas trescientas personas. Y esto no es del presidente actual sino de todos los presidentes de los últimos cincuenta años. Es el presidente de un imperio. ¡Qué menos! Así ha sido siempre en la historia. Podríamos recordar el fasto y la pompa y hasta el misterio que rodeaba a los emperadores bizantinos o lo que fue la corte del Rey Sol, Luis XIV, en Francia en el siglo XVII. Los poderosos siempre se han rodeado de muchos siervos, asesores, consejeros, bufones y otros que les facilitaban la vida.
Por eso, cuando imaginamos a Dios en sus alturas celestiales no podemos menos que imaginarle en su corte celestial, rodeado también de siervos, ángeles en este caso, que le canten aleluya y alaben continuamente. ¡No va a ser Dios menos que los reyes y emperadores de nuestro mundo!
Pero con el Evangelio en la mano y el mensaje del Reino en el corazón, no podemos ni debemos imaginarnos a Dios como uno cualquiera, aunque superior, de los poderosos de este mundo, exigiendo pleitesía y alabanzas de todos los que le rodean. El mensaje de Jesús nos habla de un Dios Padre, el Abbá, preocupado por sus hijos, atento a sus necesidades. Un Dios que no pide adoración sino que reparte perdón, misericordia, reconciliación. Un Dios que cura y sana. Un Dios en el que siempre, siempre, la misericordia triunfa sobre el juicio. Un Dios que no quiere una corte de aduladores sino reunir a todos sus hijos e hijas en torno a la mesa para compartir la comida de la fraternidad.
En esta perspectiva, los ángeles no están tanto al servicio del trono o para hacer más bonita la corte celestial. Ellos también están al servicio del Reino, de la fraternidad, de la justicia. Ángeles tenemos que ser unos con otros, porque todos estamos llamados a cuidar la fraternidad, porque todos estamos llamados al Reino.
Fernando Torres, cmf