Comentario al Evangelio del 29 de octubre de 2026
La lucha espiritual
La primera lectura suscita en muchos (también en muchos creyentes) la impresión de estar ante un texto mítico, que utiliza categorías en desuso, de forma que todo lo que dice el autor de la carta a los Efesios puede y debe traducirse a términos psicológicos y, todo lo más, morales. El mal que sucede en este mundo depende de las decisiones libres (pero erradas) de los seres humanos, y toda referencia sobrenatural en la dirección del mal estaría de más por mitológica y anticientífica. Sin embargo, cuando hablamos del bien que hacemos, aceptamos pacíficamente que no es posible realizarlo sin la ayuda de la gracia, sin la asistencia del Espíritu Santo. Esta verdad de fuerte raigambre evangélica (cf. por ejemplo, Jn 15, 5) y enérgicamente defendida por Pablo, fue expuesta teológicamente de manera definitiva por san Agustín en su polémica contra los pelagianos. El bien solo puede hacerse libremente, pero la libertad humana no es suficiente, sea por nuestra imperfeccion inicial, sea por nuestra inclinación al mal. Incluso los que no aceptan la doctrina del pecado original (como quiera que se interprete) están de acuerdo en que el ser humano actúa muchas veces en contra del deber ser más por debilidad que por mala voluntad. Pues bien, si la realización del bien requiere de la ayuda de la gracia, esto es, la presencia en nuestras decisiones libres del Espíritu de Dios, fuente y meta de todo lo bueno, es dado pensar que cuando el ser humano hace el mal, no lo hace por pura maldad, sino que influye en su débil voluntad un espíritu contrario al Espíritu Santo. De ahí que Pablo presente la batalla contra el mal (y por el bien) como una lucha espiritual que trasciende nuestra psicología, sin negarla, y requiere poner en juego armas espirituales, como el cinturón de la verdad, la coraza de la justicia, el escudo de la fe, el casco de la salvación, la espada del Espíritu y la Palabra de Dios. Todas estas imágenes bélicas nos hablan de una verdadera batalla, pero que no tiene como enemigo a otros, sino a aquello que nos enemista entre nosotros, y tiene como meta el Evangelio de la paz y la reconciliación.
Esta visión sobrenatural sobre los acontecimientos naturales de nuestra historia nos permite comprender que los que nos parecen malos rematados y sin posibilidad de cambio, en realidad no lo son y en ellos también es posible encontrar la semilla del bien. Así, vemos que los fariseos, tradicionales oponentes de Jesús, debían tener algún aprecio por Él, cuando le advierten de las aviesas intenciones de Herodes. Este mismo, déspota, adúltero, degenerado y débil, demostraba un cierto deseo de bien en el aprecio que tenía por Juan y el gusto con el que lo escuchaba (Mc 6, 20), aunque su sola voluntad no fue bastante para salvarlo, precisamente por la debilidad que suponía la falta de asistencia de la gracia.
El que la acepta y se deja guiar por ella es capaz de hacer el bien, incluso cuando esto implica consecuencias negativas, como nos enseña hoy Jesús, que no se deja amedrentar, y afirma, frente a las amenazas de muerte, su voluntad de perserverar en su misión de luchar contra el mal (expulsar demonios, las fuerzas que nos tientan) y de hacer el bien (curar), hasta ese final, que será su propia muerte, y que no será sino la suprema expresión del amor, la entrega libre de la propia vida.
En conclusión, la voluntad humana es esencial para la realización del bien, pero para ello es necesario que se abra libremente a la gracia, por la que se hace capaz de ver al Señor en los acontecimientos de la historia, en la espera de su venida definitiva, cuando exclamaremos: “bendito el que viene en el nombre del Señor”.
Cordialmente,
José María Vegas cmf