Comentario al Evangelio del 29 de mayo de 2026
Jesús nos purifica para que demos fruto
“El fin de todas las cosas está cercano”, nos avisa el apóstol Pedro. No hay que entenderlo necesariamente en el sentido del fin del mundo, sino en otro más cotidiano: vivimos tocando continuamente los límites del mundo, los físicos, los psicológicos, también los temporales y los morales. La limitación nos invita a usar adecuadamente los recursos disponibles sin malgastarlos. Es una llamada a la sabiduría, la moderación y la sobriedad. Para lograr estas virtudes, además de nuestros esfuerzos, tenemos que pedirlas a Dios. La oración y la relación con Dios modula también nuestras relaciones con los demás: la verdadera sabiduría es la sabiduría del amor, por el que todas nuestras capacidades y talentos se convierten en dones que ofrecemos a los demás en actitud de servicio. Este modo de vida no evita, como es natural, dificultades y sinsabores, oposiciones y persecuciones. Pero sabiendo que todo esto no son sino formas de participación en los padecimientos de Cristo, podemos mantener en medio del fuego (como los jóvenes en el horno siete veces más ardiente, a los que las llamas no tocaban –Dn 3, 23. 50) la alegría de la fe. En esta alegría y en esta actitud de servicio mostramos que nuestra fe es verdadera y da frutos. Evitamos así una religiosidad solo aparente, de muchas hojas, pero sin frutos, destinada a secarse por su propia esterilidad.
En el gesto profético de la maldición de la higuera Jesús anticipa su crítica (de palabra y obra) al templo, de apariencia espléndida, pero corrompido por intereses espurios, que impiden su verdadero fin, la comunicación con Dios. Esta comunicación fortalece la fe, perdona nuestros pecados, nos da fuerza para perdonar a los demás, convirtiéndonos en agentes de reconciliación e intercesores en la oración por el bien de todo el mundo. Así es como podemos superar nuestros límites, morales, por la acción de la gracia, y temporales, por la participación en la resurrección de Cristo. Así damos testimonio de ese fin que está cerca y que no es otro que la meta de nuestra fe: la salvación de las almas (1P 1, 9).
Cordialmente
José María Vegas cmf
https://josemvegas.wordpress.com/

