Comentario al Evangelio del 29 de julio de 2026
Es uno de los sueños repetidos de tantas personas: encontrar el tesoro que les solucionará todo en la vida. Pero la realidad es un poco más complicada y, siendo realistas y sinceros, todos lo sabemos.
Recuerdo ahora dos películas que vienen a cuento de lo que dice este evangelio. La primera es aquella peli de 1963 que se llamaba “El mundo está loco, loco, loco, loco”. Un grupo de personas buscan como locos un dinero, mucho dinero, que está enterrado debajo de unas palmeras. Efectivamente, se vuelven locos. Todo termina mal, pierden el dinero, pierden la cabeza, pierden sus coches y pierden la salud: la película termina con todos en el hospital llenos de vendas.
La otra es la segunda parte del “El Padrino”. Ya sabemos quien es este personaje, capo de capos, un mafioso que lo controla todo, hasta a su familia. La película termina con el padrino, interpretado genialmente por Al Pacino, solo en su enorme palacio en medio de un jardín más enorme si cabe. Allí está protegido de todos los peligros. Pero está solo. No le quedan amigos. Hasta su familia le ha dejado. Lo tiene todo, poder, dinero, pero en realidad no tiene nada. Nada.
El truco consiste en encontrar el verdadero tesoro. Parece que no es el dinero. Éste, como el aire, es necesario para vivir en este mundo pero no da por sí solo la felicidad, no da la plenitud. No vale la pena dejarlo todo por el dinero. Las parábolas, el tesoro y la perla, no dan muchas pistas concretas. Simplemente nos indican que, cuando encontremos el verdadero tesoro o esa perla valiosísima, deberíamos saber dejarlo todo, absolutamente todo, porque en realidad todo eso que dejamos no vale nada frente a ese tesoro o esa perla.
¿Cuál puede ser ese tesoro? ¿Qué tal si para saberlo volvemos a leer todas las veces que Jesús habla del Reino de Dios, de su Abbá, y de que todos somos hijos e hijas de Dios? Quizá el tesoro esté en la relación fraterna, en la misericordia, en el perdón…
Fernando Torres, cmf