Comentario al Evangelio del 29 de agosto de 2026
Vivir es arriesgado. No sabemos nada del futuro. A la vuelta de la esquina de la calle o a la vuelta de unas horas nos puede esperar cualquier cosa. Cuántas veces hemos escuchado en la vida, y hemos dicho nosotros muchas veces, “esto no me había pasado nunca”, “no lo tenía previsto”, “ha sido de sopetón”, “no me lo esperaba”. Por eso vivir es arriesgado. Supone tomar decisiones de las que no sabemos nunca todas las consecuencias. Esto sucede en todos los ámbitos de la vida. Desde el que decide salir de su país para buscar una vida mejor en otro hasta el que se decide a formar una familia comprometiéndose de por vida con la que cree que es su pareja pasando por el que invierte su dinero en un negocio esperando que con los beneficios podrá vivir tranquilo.
Hoy Jesús habla del señor que reparte talentos (¿dinero? ¿cualidades personales? ¿inteligencia?…) entre sus criados. No les toca a todos lo mismo, quizá porque todos somos diferentes. Tampoco hacen todos lo mismo con los talentos que les han tocado en suerte. Algunos, la mayoría de los que salen en la parábola, ponen a trabajar sus talentos y obtienen sus beneficios. Se arriesgan, toman decisiones. La jugada les sale bien. Quizá no todo lo bien que se esperaban o quizá mejor de lo que esperaban. Pero salen adelante.
Pero hay uno que no quiere asumir riesgos. Guarda lo recibido en un arcón o debajo de un ladrillo. No quiere encontrarse en la tesitura de que el amo vuelva y no pueda devolverle los talentos recibidos. Pasa que se buscó una seguridad falsa. Porque el amo le había entregado el talento para que se arriesgara no para que lo guardase y se lo devolviese como lo recibió. Pasa que se equivocó pensando que todo consistía en devolver al señor el talento recibido. Imagino que si le hubiese contado que había invertido el talento en un campo pero que la sequía le hubiese destruido la cosecha, el señor se habría alegrado. A veces en la vida no se consigue el objetivo que nos proponemos. Pero el que no arriesga no consigue nada. Al final, se queda con las manos vacías. Ojalá asumamos riesgos y pongamos nuestros talentos al servicio del reino, de la fraternidad y la justicia. Aunque al final nos encontremos con las manos vacías, por lo menos lo habremos intentado. Y el señor estará contento con nosotros.
Fernando Torres, cmf