Comentario al Evangelio del 28 de octubre de 2026

Fecha

28 Oct 2026

Ciudadanos y miembros de la familia de Dios

Las fiestas de los santos fijan su mirada en algún personaje histórico y reparan en el modo en que Cristo Jesús y su evangelio han influido y transformado su vida. No se trata de exaltar al héroe que se ha hecho a sí mismo, sino la gracia de Dios que ha producido efectos de bondad y santidad en la persona que la acoge. Pero, ¿qué decir cuando de los santos que celebramos no sabemos casi nada? Es lo que sucede hoy con los apóstoles Simón y Judas. De ellos solo sabemos que eran miembros del grupo de los doce, y apenas nada más. Y las escasas informaciones sobre ellos ni siquiera son coincidentes. Así, Lucas dice de Simón, que era “zelota”, militante antirromano, mientras que Mateo y Marcos lo llaman simplemente “cananeo”. Respecto de Judas, incluso hay discrepancias sobre su nombre, pues Mateo y Marcos llaman Tadeo, al que Lucas designa como Judas, “el de Santiago” (el de Jacob, en el original), que tampoco dice mucho, pues Jacob era un nombre muy frecuente entre los judíos. De Judas, eso sí, tenemos el testimonio de que le preguntó a Jesús por qué se manifestaba solo a ellos y no al mundo, y la tradición le atribuye la autoría de una breve carta del Nuevo Testamento.

Esta escasez de datos nos permite, sin embargo, centrarnos en algunos rasgos esenciales de la vocación apostólica y en la influencia que tiene en nosotros. La primera, sin duda, es la relación personal con Cristo. Por eso es importante que, pese a la escasez de datos, sepamos que Jesús los llama por el nombre. Y además lo hace después de pasarse un noche en oración. Una decisión tan importante no puede tomarse a la ligera. Dios no nos toma a la ligera, no nos trata “a bulto”, en general. Antes de llamarnos por el nombre, cualquiera que sea nuestra vocación, se lo piensa bien, medita. Es difícil imaginarse algo así en Dios, pero Jesús, imagen visible del Padre, nos lo muestra con claridad. En segundo lugar, vemos que la llamada de los doce no es una segregación, un privilegio que pone a los elegidos a parte o por encima. Al contrario, tras el nombramiento Jesús se acerca a las gentes, las multitudes (discípulos y pueblo, sin limitaciones) lo rodean, lo escuchan, son curados por Él. Es claro que el encuentro con la humanidad, sin distinciones, es parte esencial de la vocación apostólica, que participa de esa fuerza curativa de Jesús. Es la fuerza del amor de Dios, que convierte a los extraños y forasteros en conciudadanos, en miembros de la familia de Dios Padre, en hermanos en Cristo.

Todos participamos de la vocación apostólica, aunque no seamos apóstoles, porque todos estamos edificados sobre el cimiento de los apóstoles. Y eso significa sabernos llamados por Jesús por el nombre (tras una noche en oración), incorporarnos a la familia de Dios y ser constructores de fraternidad, de ese templo hecho de piedras vivas al que todo ser humano, sin distinción, está llamado a integrarse.

Cordialmente,

José María Vegas cmf

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