Comentario al Evangelio del 28 de junio de 2026
El que pierda su vida por Mí la encontrará.
Queridos hermanos, paz y bien.
Recibimos hoy nuestra ración dominical de Palabra de Dios, para que la semana nos sea más llevadera. Alimentar el Espíritu, igual que alimentamos el cuerpo. Es verdad que cada día la Palabra está al alcance de la mano, pero especialmente el domingo es importante. Por eso lo llamamos el Día del Señor.
Las lecturas nos van indicando, a lo largo de todo el año, qué significa ser y llamarse discípulo de Jesús. No consiste (sólo) en saber muchas cosas de Cristo – que nunca viene mal – ni en saberse de memoria muchas oraciones – que tampoco estorba – sino en vivir de una determinada manera. A la manera de Jesús. En los buenos y en los malos momentos.
Antes de Él, muchos ya vivieron entregados a servir al Señor. El profeta Eliseo, por ejemplo, heredero del gran Elías, se dedicó a recorrer el país, anunciando lo que Yahvé le iba indicando. Los milagros que realiza revelan que se trata de un hombre de Dios.
No todo fue fácil. También este profeta tuvo momentos difíciles. Porque el seguimiento supone morir a sí mismo y entrar por el camino de la entrega y el servicio, como hizo Jesús. Él siempre fue fiel a la voluntad divina.
Las palabras que Jesús hoy nos dirige pueden resultar desconcertantes en un primer momento. Hace unos años, en la boda de mi amigo Eduardo, la novia de otro amigo me pregunto, precisamente, sobre este fragmento y sobre lo de “dejad que los muertos entierren a sus muertos”. Son palabras que suenan duras, que hay que explicar.
Cuando Jesús dice que “quien ama a su padre o a su madre más que a Él no es digno de Él”, parece que nos coloca ante una elección dolorosa entre Dios y la familia. En realidad, el Señor no descalifica los afectos humanos, no nos invita a despreciar los vínculos familiares ni a cuestionar el valor de estos, sino que lo que hace es señalar el lugar que Dios debe ocupar en la vida del creyente.
No se trata de no amar a nuestros padres o de no amar a nuestros hijos, sino más bien de que ese amor no nos aleje del amor de Dios, por eso dice: “el que ame a su padre o a su madre más que a Mí, no es digno de Mí”. La invitación no es a no amar, sino más bien a tener claras nuestras prioridades, como dice el primer mandamiento de la Ley de Dios. “amar a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a ti mismo”. Por eso, no habla Jesús de no amar a nuestra familia, a nuestros padres, a nuestros hijos, sino de que ese amor humano no nos aleje del amor de Dios.
El amor a Cristo no aniquila los demás amores, sino que los ordena, los purifica, les da una expresión profunda, nueva. Quien ama a Dios como es debido coloca los demás amores en un lugar más propio. Cuando en el centro del corazón se coloca a Dios, se aprende a amar mejor a las personas que nos rodean. Pero si una realidad humana toma el lugar que le corresponde a Dios, incluso algo bueno puede convertirse en un obstáculo para la verdadera libertad interior.
Jesús prosigue diciendo que quien no toma su cruz y le sigue no es digno de Él. La cruz no es – en esto muchos se confunden – una búsqueda voluntaria del sufrimiento; tampoco es resignarse pasivamente. Implica una fidelidad que permanece firme aun cuando seguir el Evangelio suponga un sacrificio. Todos los discípulos se encuentran en su camino renuncias, incomprensiones, sacrificios y decisiones difíciles. La cruz se encuentra allí donde el amor exige perseverancia y entrega. Es el crisol de la verdadera fidelidad.
A continuación, Jesús pronuncia una de esas paradojas que le son tan características: «El que encuentre su vida la perderá, y el que pierda su vida por mí la encontrará.» El mundo suele asociar la felicidad con acumular, con el éxito o con el satisfacer inmediatamente sus propios deseos; sin embargo, la experiencia cristiana enseña que la vida se encuentra cuando se entrega. Quien se encierra en sí mismo termina empobreciéndose; quien está dispuesto a darse a los otros encuentra una alegría más profunda y duradera. Eso lo han experimentado, por ejemplo, todos los que han realizado algún tipo de voluntariado.
¿Nos parece pesado esto que nos pide Jesús, esto de amarlo por encima de nuestra familia, de tomar la cruz, de renunciar? La respuesta está en el amor. Dios nos amó primero, y por eso tenemos que responder a su amor. Estamos en deuda con Él, de alguna manera. Si nos cuesta, quizá es porque amamos poco. El propio San Agustín decía que el amor hace suave los preceptos. Y si nos parece pesado lo que nos pide Jesús, es porque quizás tenemos que amar a Dios más.
La parte final del Evangelio introduce un matiz muy bello de lo que significa el discipulado, lo que Jesús llama la acogida. Recibir a un profeta, a un justo, a uno de sus pequeños discípulos equivale a recibirlo a Él mismo. Así, el Señor se identifica con aquellos a quienes envía en su nombre y, de algún modo, con todas aquellas personas que son acogidas y acompañadas.
Me parece importante que el texto termine con la imagen de un simple vaso de agua fresca; no se trata de ninguna gran obra ni de una acción extraordinaria, sino que es un gesto pequeño, casi insignificante. Sin embargo, Jesús asegura que incluso esto no quedará sin recompensa. Nos recuerda que el Reino de Dios crece muchas veces a partir de gestos humildes, escondidos, cotidianos que el mundo apenas percibe, pero que para Dios tienen un enorme valor, porque Él los ve con sus ojos de Padre.
Este Evangelio nos invita a revisar nuestras prioridades, a renovar nuestra confianza en Cristo, a descubrir la grandeza de la caridad concreta. El seguimiento del Señor implica una entrega total, pero también invita a abrir el corazón a una vida más entregada y fecunda.
Podríamos hacernos algunas preguntas, para terminar. ¿Qué lugar ocupa realmente Jesucristo en mis decisiones, proyectos y relaciones? ¿Hay alguna realidad, persona, interés que esté ocupando el centro que le corresponde a Dios? ¿Cómo vivo las cruces cotidianas que se presentan en mi camino? ¿Busco conservar la vida para mí mismo o aprendo a entregarla por amor? ¿Soy una persona acogedora con aquellas personas que Dios pone a mi lado? ¿Qué “vaso de agua fresca” puedo ofrecer hoy?
Vuestro hermano en la fe, Alejandro, C.M.F.