Comentario al Evangelio del 28 de enero de 2026

Fecha

28 Ene 2026

El sembrador siembra la palabra.

Queridos hermanos, paz y bien.

Menuda misión para un pobre mortal. Enmendar la plana al rey David, corregirle y no permitirle construir una casa para el Señor. Llevando la contraria no se hacen amigos en las cortes reales, y tampoco se prospera. Nos imaginamos la cara del rey, cuando el profeta Natán le dice que Dios no da el visto bueno a su idea. Aunque amortiguaría el golpe saber que el proyecto lo llevará a cabo su descendencia. Algo es algo. El sabio rey Salomón llevó a cabo el proyecto, pero eso ya es otra historia.

Es que los planes de Dios llevan su tiempo. El ritmo divino no es nuestro ritmo. Lo saben bien los hombres del campo. El evangelio de Marcos nos presenta hoy a Jesús como el sembrador que sale a sembrar sin medida. No calcula el terreno ni selecciona a los oyentes: la semilla —que es la Palabra de Dios— cae sobre todos. Este gesto revela algo fundamental: Dios no se cansa de hablarnos, incluso cuando sabe que muchos corazones no están preparados para acoger su mensaje.

La parábola del sembrador no pone el acento en la calidad de la semilla, que es siempre buena, sino en la disposición del terreno y en cómo el sembrador no escatima la semilla.

Jesús mismo explica que los distintos tipos del suelo representan las actitudes del corazón humano frente a la Palabra.

El camino duro simboliza a quienes escuchan, pero no dejan que la Palabra penetre. Es un corazón cerrado, distraído o indiferente, donde el mensaje del Evangelio no logra arraigar. Hay mucha gente que no tiene interés en este mensaje. El terreno pedregoso representa a quienes reciben la Palabra con entusiasmo momentáneo, pero sin profundidad; cuando llegan las dificultades o las exigencias del seguimiento, abandonan. Quizá sea consecuencia de la vida que llevamos, donde todo tiene que ser fácil y rápido. El terreno con espinos refleja a quienes escuchan, pero permiten que las preocupaciones, el afán por el dinero y los deseos del mundo ahoguen el mensaje.

Finalmente, Jesús habla de la tierra buena, aquella que escucha la Palabra, la acoge y da fruto. No se trata de personas perfectas, sino de corazones disponibles, abiertos a la conversión y perseverantes. El fruto es diverso —treinta, sesenta, cien— porque cada vida es distinta, pero lo importante es que la Palabra produce vida nueva.

Esta parábola nos invita a mirarnos por dentro y preguntarnos: ¿Qué tipo de terreno soy hoy? No se trata de juzgarnos, sino de reconocer que el corazón puede transformarse. El terreno duro puede ablandarse, las piedras pueden retirarse y los espinos pueden ser arrancados. La gracia de Dios trabaja en nosotros si se lo permitimos.

En un mundo lleno de ruido, prisas y superficialidad, este evangelio nos llama a escuchar con atención, a cuidar el silencio interior y a dejar que la Palabra eche raíces profundas. Solo así nuestra fe dejará de ser pasajera y se convertirá en una vida fecunda al servicio del Reino.

Que cada vez que escuchemos el Evangelio, podamos decir con humildad:
Señor, haz de mi corazón una tierra buena.

Vuestro hermano en la fe, Alejandro, C.M.F.

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