Comentario al Evangelio del 28 de agosto de 2026
La primera idea que se nos ocurre a muchos al leer esta parábola de Jesús es que las vírgenes sensatas, además de sensatas, eran unas egoístas. Podían haber compartido su aceite con las otras vírgenes (que podían ser necias, pero ¿qué culpa tenían ellas?). ¿No es eso lo que nos pide el Evangelio tantas veces: que debemos compartir lo que tenemos con los que no tienen? Porque leyendo el Evangelio entendemos que la solidaridad y la fraternidad y la comprensión mutua son las bases del reino y sin ellas no se puede construir la familia de Dios Padre.
Pero lo cierto es que, cuando Jesús cuenta una parábola, una historia a la gente o a sus discípulos no quiere sacar la moraleja de todas las cosas que dice, sino que apenas quiere subrayar un elemento, una idea. En este caso, podríamos resumir esa idea en un “hay que estar a lo que se está” y no despistarnos con otras cosas. Porque las que no estuvieron a lo que tenían que estar (estar preparadas para el momento en que llegase el novio) se quedaron fuera. Así de simple. No se trata de que fuesen condenadas al infierno ni nada parecido. La parábola nos llama a estar atentos porque, como dice al final, “no sabemos el día ni la hora.”
La parábola tiene fácil aplicación a nuestras vidas. Si estamos a seguir a Jesús no estamos con otras veinte mil cosas en la cabeza. Si estamos a servir a nuestros hermanos (que son para nosotros siempre la imagen viva de Jesús – el novio), no estamos a otros negocios. Lo urgente es lo importante. Y la urgencia, para el cristiano, la marca siempre, siempre, la necesidad del hermano, y en especial, la del hermano necesitado.
Jesús nos invita a estar atentos, a no vivir despistados, a no estar centrados en nuestro ombligo, sino a mirar alrededor y descubrir continuamente donde nos está llamando el novio, Jesús. No vaya a ser que llegue y seamos nosotros los que estemos mirando para otro lado. Y le dejemos pasar.
Fernando Torres, cmf