Comentario al Evangelio del 26 de octubre de 2026
Nada hay más exigente que el amor
Es sabido que a los periodos de rigidez (moral o religiosa) les suceden otros de relajación y laxitud. Posiblemente, el temor, la tensión y el cansancio que produce la intransigencia explican que después se relajen los ánimos, y se tienda a la manga ancha y a rebajar las exigencias morales y religiosas. Pero, por la ley del péndulo, el sentido de vacío que suele provocar la flojera de la laxitud, también son la causa del movimiento contrario hacia una mayor exigencia. Lo ideal, claro, sería encontrar el equilibrio, que combina exigencia con apertura de espíritu. En realidad, el Evangelio, el mandamiento del amor, la persona de Jesús son ese punto de equilibrio que siempre debemos buscar.
Así, Pablo nos recuerda que las actitudes evangélicas que debemos practicar unos con otros, y que son la consecuencia de la misericordia y el perdón que Dios nos ha regalado en Cristo, implican un modo de vida que excluye otras actitudes y formas de comportamiento que son incompatibles con los valores del Reino de Dios. No podemos engañarnos a nosotros mismos, fiándonos en que la misericordia de Dios, al final, cierra los ojos y lo admite todo. No es posible habitar en el ámbito del Reino de Dios actuando de formas que son la negación de ese reinado de Dios en nuestros corazones, en nuestra vida y en nuestras relaciones. Y es que Jesús nos enseña hoy que la misericordia (la de Dios, y la que debemos practicar nosotros) no sólo no cierra los ojos, sino que, al contrario, los abre de par en par, pero para ver los sufrimientos de los demás e ir en su ayuda. Y es esa misma misericordia la que denuncia, como hace hoy Jesús, una pretendida justicia de corazón duro, que pone leyes formales por encima de aquella. Porque el verdadero sentido del sábado no es la prohibición de hacer esto o aquello (hasta prohibir hacer el bien), sino la alegría de entrar en el descanso de Dios, en la plenitud de la salvación, liberados de todas nuestras miserias.
Cordialmente,
José María Vegas cmf