Comentario al Evangelio del 26 de julio de 2026
¿Entendéis bien todo esto?
Queridos hermanos, paz y bien.
Sigue Jesús hablándonos en parábolas. Esta semana, el tesoro, la perla y la red. Para que sigamos pensando en lo que significa el Reino del que tanto hablaba, y al que consagró toda su existencia.
Los textos litúrgicos de este domingo pueden ser catalogados bajo un común denominador: nos hablan de la necesidad de la ayuda divina para ser “sabios”, para poder saber qué hacer en cada momento. En la primera lectura, Salomón ante la aparición divina, solicita el don de la escucha y del discernir entre el bien y el mal y obtiene la aprobación divina por ese pedido y la concesión de una “mente sabia y prudente”. En el salmo se confiesa que la fuente de este don está radicada en Dios, quien se lo concede al que sabe valorarlo. Y en la carta a los Romanos se constata con admirado gozo la comunicación hecha por Dios en Cristo a los que “Él ha llamado”.
Si se nos hiciera hoy la pregunta que se le hizo a Salomón, ¿qué pediríamos? Si se realizara ahora una encuesta individual sobre cuáles son las «aspiraciones» de la gente en la vida probablemente saldrían respuestas como éstas: ganar mucho dinero, tener el mejor coche o la mejor moto, unas vacaciones en las playas del Caribe, o simplemente sentirme bien con mi cuerpo y conmigo mismo.
Salomón tuvo la oportunidad de escoger lo que quisiese. No pidió oro, ni poder, sino sabiduría. Con ella consiguió la capacidad de discernimiento para pensar y para hacer. En el fondo todos buscamos lo mismo -ser felices-, pero por caminos distintos, muchas veces equivocados. No acabamos de darnos cuenta de que la felicidad tiene mucho más que ver con el ser que con el tener, está más en lo profundo que en la superficie. Saber discernir, está es la cuestión clave, saber orientar tu vida hacia lo auténtico, lo que plenifica, lo que realiza de verdad.
El Reino de Dios es un tesoro escondido, una perla de gran valor, quien lo encuentra se llena de alegría y deja todo para conseguirlo. Hay que destacar que el tesoro es encontrado. A veces se busca, a veces, no, se hace el encontradizo, se nos descubre. Así es Dios, se nos muestra, como Padre que ama y que perdona, como Alguien que es capaz de dar sentido a nuestra vida. Tanto buscar realizarnos y estar a gusto con nosotros mismos, cuando resulta que tenemos en nuestro interior el auténtico tesoro: Dios mismo. El que lo encuentra se «llena de alegría». En esta expresión se resume el fruto que produce el encuentro con Dios: la alegría del corazón.
Cuando en nuestra vida reina la alegría de sentirnos amados por Dios, entonces somos capaces de dejarlo todo, vender lo que tenemos para despojarnos de todo aquello que nos esclaviza y no nos deja volar. ¿Qué se hace para tener fe? Nada, la fe viene. Alguno puede tenerla, pero su orgullo le impide admitirlo, se plantea demasiadas preguntas, complica las cosas que son simples. En realidad, sólo tiene un miedo tremendo. Déjate llevar y lo que ha de venir, vendrá. ¿Has encontrado ya tu tesoro? Si no eres capaz de llenarte de alegría y de seguir a Cristo con radicalidad es que todavía no lo has encontrado. Las renuncias que Jesús nos propone no son nada con la plenitud que significa encontrar su tesoro. Quizá lo que nos pasa es que no tenemos fe, o más bien no tenemos la fe suficiente para arrojarnos al agua.
A la fe se llega por decisión personal y libre, no por tradición o herencia. La fe nos compromete a vivir según los criterios del Reino, no es una forma de pensar que acomodo a mi vida. No puedo hacerme la fe a mi medida. Desde la fe, venir a Misa, por ejemplo, es la celebración gozosa del encuentro comunitario con Dios. No es un rito que hay que cumplir. La fe es un regalo, un don gratuito, no un seguro de vida que me asegura la salvación. Cuando se tiene fe de verdad el amor se convierte en la única ley que guía y orienta tu vida.
Nace de aquí una visión optimista de la existencia humana y de la historia. La carta de san Pablo a los cristianos de Roma lo subraya con acento emocionado: «A los que aman a Dios todo les sirve para el bien, a los que ha llamado conforme a su designio». Para el creyente en Jesús, la vida tiene un sentido, el esfuerzo humano una razón de ser y hasta la contrariedad y las dificultades, lejos de asumirlo en la angustia y en la desesperación, aparecen ante su conciencia y su dinamismo, como argumentos de más para redoblar su compromiso. El cristiano cree en la historia. Sabe por el mensaje que la sucesión del tiempo entraña una vocación de eternidad y que la construcción del mundo por los caminos de la justicia y de la fraternidad desembocará en la salvación.
Esta es la suprema sabiduría que el mensaje de Jesús aporta a los hombres. En ella se encuentra no la resolución, aunque sí la iluminación del enigma de la vida. Para el creyente nada quedó resuelto con su fe; pero la fe si ilumina y clarifica la razón del vivir y del esfuerzo. A esta sabiduría alude la petición de Salomón. Nada hay más alto ni de mayor valor para el drama de la existencia. Los problemas seguirán estando ahí, porque no se arreglan solos, pero con las gafas de la fe, los podemos ver de otra manera. También Cristo en el Huerto de los Olivos sufrió un momento de tristeza y desasosiego, pero su amor al Padre le dio inmediatamente fuerza para subir al Calvario y ofrecer su vida amando y perdonando, hasta a sus enemigos.
Amemos a Dios de tal manera que las dificultades de la vida nunca consigan romper nuestra fe y nuestra esperanza, para que así todo termine siempre sirviendo para nuestro bien. De todo, hasta de lo malo, podremos aprender. Sigamos caminando, trabajando como si todo dependiera de nosotros, pero sabiendo que todo depende de Dios. De ese Dios que nos sale al paso. De ese Dios que espera tu respuesta. ¿Qué le vas a decir?
Vuestro hermano en la fe, Alejandro, C.M.F.