Comentario al Evangelio del 26 de agosto de 2026
Hay que ser muy prudente para ponerse de ejemplo ante los demás. Jesús nos invita en el texto evangélico de hoy a ser un poco humildes y reconocer lo que realmente somos, con nuestras miserias, pequeñas o grandes, con nuestras limitaciones. Basta, quizá, con que echemos una mirada a nuestro pasado. ¿Quién puede decir que lo ha hecho todo bien? ¿Quién puede decir que está limpio de pecado? ¿Quién puede decir que no ha metido la pata nunca? El que escribe esto no puede responder afirmativamente a ninguna de estas preguntas. O bien, ¿quién es el que puede decir que, si yo hubiese estado allí, en aquel momento, yo habría hecho o yo habría dicho. Es fácil ver lo que habría que haber hecho o dicho a toro pasado. Pero, en realidad, no sabemos, no tenemos ni idea, de lo que habríamos hecho o dicho si hubiéramos estado delante del toro, en medio de alguna situación complicada. Hay muchas posibilidades de que nos hubiera vencido el temar y hubiésemos actuado cobardemente. Y si pensamos de otra manera, que yo hubiese… vale más que nos acordemos de Pedro y sus tres negaciones cuando le preguntaron en el momento en que estaban juzgando a Jesús si no era uno de los suyos.
Por eso, conviene que trabajemos un poco más la humildad. Conviene que seamos muy conscientes de lo que somos, de lo poquita cosa que somos. Conviene que tengamos presente nuestro pasado, nuestras meteduras de pata. No se trata de regodearnos en la culpabilidad para estar eternamente pidiendo perdón a Dios. Sino para ser conscientes, muy conscientes, de su misericordia, de su amor, de su paciencia con nosotros. Y gozarnos en él, que es nuestra vida.
Y conviene también que no juzguemos a los demás. Y si los juzgamos, que sea siempre con la misma misericordia que Dios tiene con nosotros: una misericordia y una compresión infinita, edificada sobre el amor y el cariño. Y nunca con la dureza y la fuerza del que pone la ley, nuestra ley, por encima de las personas. Porque Dios no hace eso nunca.
Fernando Torres, cmf