Comentario al Evangelio del 25 de octubre de 2026
Cuál es el mandamiento principal de la Ley?
Queridos hermanos, paz y bien.
Van pasando los días, tan callando. Dentro de nada, terminará el tiempo ordinario, y comenzará el Adviento. En Múrmansk, donde vivo, vamos caminando hacia la noche polar. En ese avanzar hacia la oscuridad, la Palabra dominical nos arroja un poco de luz.
Esa luz que nos da la primera lectura. Muchos siguen teniendo la impresión de que el Antiguo Testamento puede ser una colección de libros incluso crueles. Es verdad que hay textos en esa línea, pero hay también mucha poesía (el Cantar de los Cantares, v.gr.) o, como hoy, textos que sorprenden por su actualidad. Encajarían en el Compendio de la Doctrina social de la Iglesia perfectamente. Se refiere a los extranjeros, muy de actualidad en Europa, y no sólo, y a los huérfanos y viudas. También a los préstamos usurarios y a los empeños. Cosas que hoy igualmente preocupan a mucha gente.
Nos recuerda ese texto del Éxodo que los israelitas también fueron extranjeros en tierra extraña y, por eso, conocen bien el sufrimiento que supone esa situación. Tienen que ser compasivos, como compasivo es el Señor que los sacó de Egipto. Y tratar a todos bien, porque todos son hijos de Dios.
Esa luz de la Palabra que los saduceos, como los fariseos y los letrados, no parecían muy dispuestos a buscar. Un domingo más asistimos al intento de tender una trampa al Maestro. Esta vez, con una pregunta sobre la Ley. Nos han explicado que un judío cumplidor tenía más de seiscientas normas para observar con todo cuidado. Nosotros no llegamos a tanto. Pero tenemos los Diez Mandamientos, de los que ocho son negativos. Tenemos los cinco de la Iglesia, la regulación del ayuno eucarístico, sin meternos a contar los 1752 cánones del Código de Derecho Canónico, de los cuáles algunos implican obligación más o menos graves. Y antes de la reforma litúrgica, un pobre cura en una sola Misa podía cometer unos cuantos pecados mortales.
Pero, ¿es qué no hay un camino sencillo para llegar a Dios? ¿Es posible que Dios haya hecho tan difícil llegar a Él? Dios nos responde como hizo entonces, que su ley no pide más que amor: amor a Dios y por Dios al hombre, o amor al hombre y en él a Dios. Nuestra vida diaria no está hecha de grandes cosas, sino de pequeños detalles. Unos que vienen, otros que se van, discusiones, reconciliaciones, fallos, aciertos, penas, alegrías… Así vamos viviendo. Y así tenemos que llevar a la práctica el mensaje del Evangelio de hoy, la norma más importante de la Ley, la del amor.
Muchos autores han reflexionado sobre Dios, pero sin encontrarse con Él. Desde que el hombre se dedicó a filosofar, Dios ocupó un puesto central durante muchos siglos. Con su cabeza dedujo que Dios era Uno, Todopoderoso, Bueno, Eterno, Omnisciente… Se le describió como un Motor Primero, como Ser Necesario, como Causa Incausada, como el Totalmente Otro, Inmutable, Trascendente…
Todas estas disquisiciones están muy bien, pero nos dejan fríos. Nos produce este Dios un sentimiento parecido a ese gran ordenador que disputó con Kaspárov, hace ya muchos años, una gran partida de ajedrez. Nos provocará admiración, nos hará sentir pequeños, pero no será capaz de hacernos vibrar el corazón. Y es que el Dios de la cabeza, de las ideas, el de las definiciones, no nos llega, no conecta con nosotros. No nos vale. Casi podíamos decir que no es Dios. Porque a Dios lo hemos puesto muy alto, en lo más alto de los cielos y nuestro amor a Él puede ser platónico, puede ser un enviarle de vez en cuando nuestros cariñosos recuerdos. Decirle muchas cosas. Él allí y nosotros aquí.
Pero a Dios no le bastan nuestros cariñosos recuerdos y se baja de lo alto de los cielos y se nos hace el encontradizo en el enfermo que visitamos, en el que nos tiende la mano porque no tiene que comer, en el que se hiela con el frío del invierno. Dios ha querido identificar el amor hacía Él y el amor al hermano metiéndose en el hermano. El enfermo es Dios. El hambriento es Dios. El que pasa frío es Dios.
Dios es amor. Esta es la gran palabra, la única ley que recibimos de Cristo. Todo consiste en aprender esta ciencia, nuestra única asignatura. De ella, y sólo de ella seremos examinados en el atardecer de la vida. Y como Dios es amor, y nosotros estamos hechos a imagen y semejanza de Dios, nosotros tenemos que amar. Y no de cualquier manera, sino como Jesús. Esto es lo que caracteriza al cristiano: En esto conocerán que sois mis discípulos. Amaos como Yo os amé. Porque amar, más o menos, todo el mundo lo hace, o dice que lo hace. Pero no importa tanto el qué sino el cómo. Atentos al como Yo os he amado.
No nos cansemos nunca de amar. No pensemos que ya hemos hecho demasiado en este sentido. ¿Quién no está necesitado de amor? Y tampoco pensemos que no valemos para ello. Todo el mundo tiene esa capacidad. Además, es difusiva, se expande a medida que se comparte, va creciendo y puede llegar a lograr la “civilización del amor”. Con la ayuda de cada uno de nosotros.
Vuestro hermano en la fe,
Alejandro, C.M.F.