Comentario al Evangelio del 25 de marzo de 2026
Hoy la Iglesia celebra la Encarnación. Lo que C. Lewis denomina “el Gran Milagro” en su obra “Los milagros”. Este autor lo expresa así: En la Encarnación, todo lo que es inmenso y lejano se condensa en un punto, como si toda la luz de un sol infinito se concentrara en la punta de un alfiler para entrar en el seno de una doncella.
El Dios Creador Eterno que dispuso el espacio y el tiempo físicos en los que existe la vida, nuestra vida de criaturas, entró en esas coordenadas a través de un ser humano concreto, sin dejar de ser Dios. Y no se trata una “disminución” de su divinidad sino una concentración máxima de poder y amor en la humildad de lo finito.
Nosotros solemos asociar poderoso, importante y grande. Pero aquí se da la paradoja: esa lógica se invierte. El poder de Dios se hace tan denso que puede habitar en el seno de una doncella, en un tiempo y en un espacio concretos, el punto exacto donde la eternidad toca la historia.
La doncella elegida sabe lo ocurrido. Lo sabe perfectamente y lo cuenta así en el cántico que ha transmitido Lucas y que se recita con frecuencia en la Liturgia católica: Engrandece mi alma al Señor, se alegra mi espíritu en Dios mi Salvador porque ha mirado la humildad de su esclava…
San Buenaventura escribió mucho sobre este misterio central de la vida de la Iglesia y, en toda su obra subraya con énfasis que comprenderlo solo es posible para los humildes porque la soberbia actúa como una «ceguera espiritual» que bloquea el acceso a la verdad divina. El misterio de la Encarnación es el acto supremo de humildad divina: Dios se hace “pequeño” y vulnerable.
Una mente inflada por la soberbia busca la grandeza propia y no puede sintonizar con un Dios que elige la fragilidad humana para salvar al mundo. Sencillamente se cierra a la comprensión porque está llena de “si misma” y no puede reconocer que cualquier bien en cada ser humano es un don y no un mérito propio. Como en María, nuestro corazón humilde puede ser también un cántico de alabanza lleno de alegría.
Virginia Fernández Aguinaco

