Comentario al Evangelio del 25 de agosto de 2026
El cumplimiento mecánico de normas y regulaciones diversas siempre es más fácil que comprometernos a seguir orientaciones generales. Así dicho, parece que no significa nada. Así que vamos a poner un ejemplo. Cuando nos sentimos enfermos, vamos al médico. Lo más común es que haga un diagnóstico de lo que tenemos y nos recete una serie de medicinas. “Tómese de esto una al desayuno, otra a la comida y otra a la cena y en cuatro días estará bien”. Cuando el médico nos dice algo así, nos resulta fácil seguir sus indicaciones. Pero si el médico nos dice que lo que tenemos que hacer es cambiar nuestro estilo de vida, de alimentación, que tenemos que hacer más ejercicio, etc., eso nos resulta mucho más complicado.
Pues algo así nos pasa en nuestra relación con Dios. Cuando la ritualizamos, nos resulta fácil sentirnos bien: tenemos que ir a misa todos los domingos (da un poco lo mismo cómo sea nuestra participación/atención), tenemos que confesarnos periódicamente, tenemos que rezar unas oraciones todos los días… Y cumpliendo esas normas, ya cumplimos con Dios. Ya nos podemos sentir bien y justificados. Y, de paso, podemos mirar mal a los que no cumplen esas normas.
Pero la verdad es que Jesús nos llama a mucho más que a cumplir unas normas. Casi podríamos decir que las normas le importan poco a Jesús. Lo que le importa es lo otro: la actitud del corazón, la misericordia dirigida sin límite a nuestros hermanos y hermanas, la capacidad de acogida, de generar fraternidad y perdón y justicia y amor. Todo eso es mucho más difícil que cumplir unas normas.
Por eso a veces nos pasa que filtramos el mosquito (buscamos cumplir con detalle las normas) pero nos tragamos el camello (nos olvidamos de amar sin límites, de trabajar por la fraternidad y la justicia). Pues eso, que no seamos como los escribas y fariseos hipócritas.
Fernando Torres, cmf