Comentario al Evangelio del 24 de octubre de 2026

Fecha

24 Oct 2026

Dar fruto.

Queridos hermanos, paz y bien.

Hay preguntas que aparecen especialmente cuando la vida nos desconcierta: ¿por qué ocurre esto?, ¿por qué unas personas sufren y otras no?, ¿es el sufrimiento un castigo de Dios? En el Evangelio de hoy, algunas personas se acercan a Jesús con precisamente este tipo de preguntas. Le hablan de unos galileos asesinados por orden de Pilato y de las dieciocho personas que murieron al caer la torre de Siloé. Buscan una explicación sencilla: quizá esas personas habían sido más pecadoras que las demás.

Jesús rompe radicalmente con esa manera de pensar: «¿Pensáis que esos galileos eran más pecadores que los demás?» La respuesta es clara: no. El sufrimiento de una persona no permite concluir que sea más culpable que otra. Jesús no utiliza la desgracia ajena para condenar, sino que aprovecha estas situaciones para dirigir la mirada hacia el corazón de cada uno: «Si no os convertís, todos pereceréis de la misma manera» La palabra que se repite es conversión. Pero convertirse no significa vivir paralizados por el miedo ni pensar continuamente en nuestros errores. Significa volver el corazón hacia Dios, reconocer que nuestra vida es un don y preguntarnos qué estamos haciendo con ella.

Y entonces Jesús cuenta la parábola de la higuera. El dueño de la viña busca fruto y no lo encuentra. Podría cortar inmediatamente el árbol que parece inútil. Sin embargo, el viñador pide tiempo: «Señor, déjala todavía este año». Él quiere cavar alrededor, cuidar la tierra y abonarla. Todavía existe una posibilidad. Todavía puede dar fruto. Esta imagen revela algo muy profundo sobre Dios. Dios espera. Dios trabaja. Dios no se cansa fácilmente de nosotros. Su paciencia no significa indiferencia ante nuestra vida, sino confianza en que podemos cambiar y dar fruto.

La parábola nos invita a preguntarnos: ¿qué frutos está dando mi vida? ¿Qué está creciendo en mi corazón? ¿Hay amor, misericordia, generosidad, servicio, esperanza? ¿O quizá estoy dejando que crezcan la indiferencia, el egoísmo, el resentimiento o la comodidad? La pregunta no pretende producir angustia, sino despertar. El Evangelio no nos dice: «Ya no tienes remedio». Al contrario: todavía hay tiempo para dar fruto.

En este sentido, el Evangelio adquiere una resonancia especial al celebrar la memoria de san Antonio María Claret, obispo y fundador de los Misioneros Hijos del Inmaculado Corazón de María. La Iglesia recuerda el 24 de octubre a este gran misionero del siglo XIX, cuya vida estuvo marcada por un profundo deseo de anunciar a Jesucristo y ayudar a las personas a vivir de acuerdo con el Evangelio. El veinticuatro de octubre es un día muy especial para la familia claretiana. Celebramos el paso al Cielo del nuestro fundador. Porque de los santos se recuerda el cumpleaños, sí, pero sobre todo el día de su muerte, de su nacimiento al Cielo.

Claret comprendió que el Evangelio no podía quedarse encerrado. Si Dios había transformado su propia vida, esa experiencia tenía que convertirse en misión. Por eso recorrió numerosos lugares predicando, acompañando a las personas y utilizando también la palabra escrita como instrumento de evangelización. Más tarde, como arzobispo de Santiago de Cuba, continuó entregándose al servicio de la Iglesia y de las personas que tenía confiadas. Incluso como confesor de la reina Isabel II de España siguió aprovechando cualquier oportunidad para evangelizar. Su vida muestra que encontrarse con Cristo lleva naturalmente a querer que otros también lo conozcan.

Aquí encontramos una hermosa conexión con la higuera del Evangelio. Una vida que recibe el cuidado de Dios está llamada a dar fruto. Y el fruto de la vida cristiana no consiste simplemente en cumplir normas. Se manifiesta en una existencia que se convierte en don para los demás. Claret no vivió para sí mismo. Dejó que Dios «cavara» alrededor de su vida, la transformara y la enviara. Su respuesta fue una vida misionera, marcada por la predicación, la oración, la caridad y una extraordinaria creatividad apostólica. Los propios Misioneros Claretianos continúan presentando su misión como una llamada a anunciar el amor de Dios y a estar cerca de quienes se sienten olvidados.

Pero quizá la pregunta más importante de este Evangelio no sea solamente qué hizo Claret, sino qué quiere hacer Dios con nuestra vida. Cada persona es como una higuera plantada por Dios en una tierra concreta: una familia, una comunidad, un trabajo, una parroquia, una sociedad, unas circunstancias determinadas. Dios espera frutos allí donde nos ha colocado. A veces pensamos que para cambiar el mundo necesitamos hacer grandes cosas. El Evangelio propone algo más sencillo: dejar que Dios transforme nuestro corazón para que nuestra vida pueda alimentar y servir a otros.

También nosotros podemos necesitar que el Señor remueva nuestra tierra, quite aquello que nos endurece y nos ayude a crecer. Podemos estar atravesando una etapa de cansancio, dudas, fracaso o incluso alejamiento de Dios. La parábola nos recuerda que el Señor no mira nuestra vida únicamente desde lo que ya hemos producido. Mira también lo que todavía podemos llegar a ser.

San Antonio María Claret entendió profundamente esta dinámica. Su vida no fue una historia sin dificultades, pero sí una historia de respuesta. Su pasión misionera nació de saberse amado y enviado por Dios. Por eso su memoria puede convertirse hoy en una invitación para todos nosotros: no desperdiciar la vida, no encerrarnos en nosotros mismos y no dejar pasar la oportunidad de hacer el bien.

La higuera todavía tiene tiempo. Nosotros también. Quizá hoy sea el momento de preguntarnos delante del Señor: ¿qué fruto quieres que dé mi vida? ¿A quién quieres que lleve tu amor? ¿Qué necesitas transformar en mí para que pueda ser testigo de tu Evangelio? El Dios que espera junto a la higuera es también el Dios que llama y envía. Como san Antonio María Claret, estamos invitados a dejarnos transformar por Cristo para que nuestra vida pueda convertirse, allí donde estamos, en una pequeña semilla de esperanza, misericordia y Evangelio.

Vuestro hermano en la fe, Alejandro, C.M.F.

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