Comentario al Evangelio del 24 de mayo de 2026 – Pentecostés
Recibid el Espíritu Santo
Queridos hermanos, paz y bien.
En el camino que nos presenta la liturgia vamos de hito en hito. Del Adviento a la Navidad, de la Navidad a la Cuaresma, de la Cuaresma a la Semana Santa y luego la Pascua y, a través de ésta, la fiesta de Pentecostés. Esta semana nos acercamos al misterio de la Persona menos conocida – quizá – de la Santísima Trinidad. Este domingo recordamos la venida del Espíritu Santo sobre la Virgen María y los Apóstoles en el Cenáculo.
Es importante recordar en qué situación estaban los Discípulos. Encerrados en una habitación, por miedo a los judíos, pensando en lo que pudo haber sido y no fue, en todas las esperanzas depositadas en el Maestro y que se vieron frustradas por su crucifixión… Y, de repente, aparece el mismo Cristo y les dice: “Paz a vosotros”. Justo lo que les hacía falta, para recobrar la compostura, volver a tomar las riendas de sus vidas y disponerse a la tarea.
Leyendo el libro de los Hechos de los Apóstoles, podemos llegar a la conclusión de que los primeros cristianos en seguida se dieron cuenta de que, a pesar de la ausencia física de Jesús, no estaban huérfanos. Porque no estaban huérfanos de Dios. Eran hijos de Dios y gracias a eso, a pesar de vivir sin muchos motivos para la esperanza, supieron encontrarla y conectaron con su Padre. Desarrollaron la sensibilidad necesaria para sentirse hijos. De ese sentimiento filial sacaron las fuerzas para seguir adelante.
Y junto a este regalo de no sentirse huérfanos, está el segundo gran don del Espíritu: el descubrimiento de la misión. ¿Cómo pudieron lanzarse a predicar por todo el mundo conocido de aquel tiempo, sino es por la fuerza que les dio el Espíritu? Se sintieron habitados por la fuerza del Espíritu. Tuvieron muchos problemas, numerosos mártires, pero supieron vivir todos esos avatares con la alegría de saberse enviados por el mismo Señor. Por eso las comunidades pudieron ser tan abiertas y acogedoras, atrayendo a sí a muchos que esperaban la salvación.
Quizá estos puedan ser los grandes efectos de la presencia del Espíritu Santo: el saberse hijo de Dios y el sentirse enviado al mundo, en medio de los problemas que hay. Por eso sigue siendo actual la primera lectura, ese envío del Espíritu a todos los que estaban reunidos en el nombre del Señor.
Éste es el don del Resucitado a su comunidad. Y éste es el don que nos ha hecho también a nosotros, el envío de su Espíritu. Ese don que nos permite sabernos hijos de Dios y elegidos para la misión de la Iglesia. Tenemos un Padre y tenemos una Misión. Por eso, tenemos razones para vivir.
Al Espíritu Santo se le llama también el Defensor. Un significado de esta expresión es que el Espíritu bueno no suscita en nosotros sentimientos de turbación, de derrotismo y de tristeza. Eso sólo puede venir del mal espíritu (con minúscula). Ese espíritu que nos dice que no valemos para nada, que no tenemos capacidades, que todo lo hacemos mal… Ese sentimiento de frustración, de tristeza que nos impide avanzar, eso no viene del buen Espíritu, del Espíritu de Dios.
El Espíritu verdadero nos conduce a la verdad plena. Si nos dejamos guiar por Él, nos hace penetrar en lo profundo del misterio de Dios; nos hace penetrar en lo profundo del misterio de la vida. Y nos enseña a discernir: a separar la paja del grano; lo que conduce a la vida de lo que aleja de ella; lo verdadero de lo falso. Esto no es una vana especulación sin comprobación posible; no es una hipótesis todavía pendiente de confirmación. Es una realidad bien comprobada. Ahí tenemos toda esa rica historia de los santos, que son los hombres y mujeres que se han dejado educar y guiar por el Espíritu. ¡Cómo han calado hondo en el misterio del vivir! ¡Qué intensa y apasionadamente han vivido! Los distintos dones y frutos del Espíritu han henchido su vida.
El Espíritu hace irradiar. Así como el Espíritu Santo es personal y no anónimo (es una Persona y no una energía informe), su relación con los hombres no es tampoco impersonal: se posa de manera personalizada en cada uno de los reunidos en el Cenáculo, da a cada uno un don peculiar: cada uno empezó a hablar en una lengua distinta. Las lenguas en que empezaron a hablar los apóstoles y los demás discípulos representaban prácticamente todas las lenguas conocidas de entonces, como da a entender la prolija lista de los lugares de procedencia de los reunidos en Jerusalén para la fiesta. El fuego del Espíritu nos abre al mundo entero, respeta la diversidad de lenguas y culturas, pero las une a todos con el lenguaje universal del amor. Es, pues, un Espíritu de apertura, compresión y armonía entre los diversos.
El agua es también un distintivo del Espíritu: “Riega la tierra en sequía, […] lava las manchas”, dice la Secuencia que hemos escuchado. Y como dice Pablo “hemos sido bautizados en un mismo Espíritu, para formar un solo cuerpo, y todos hemos bebido de un solo Espíritu”. El agua nos lava, nos renueva, sacia nuestra sed. Al limpiar nuestro corazón y nuestros ojos por medio del bautismo somos capaces de confesar que “Jesús es Señor”, que él es el Mesías, el Salvador, el Vencedor del pecado y de la muerte.
Esa sanación profunda nos libera del egoísmo y nos hace comprender que la diversidad de dones que cada uno recibe (los talentos naturales, las capacidades adquiridas, los carismas que recibimos por la fe) no son privilegios o motivos de exaltación propia, sino una invitación al servicio: mis riquezas personales deben enriquecer a los demás, igual que las riquezas ajenas me enriquecen a mí. El Espíritu Santo, el Espíritu del amor es también un espíritu de servicio. Hemos sido bautizados en un mismo Espíritu, para formar un solo cuerpo. Así se entiende mejor que la diversidad no lesione la unidad cuando es este Espíritu el que reina entre nosotros y nos inspira. Así podemos caminar juntos, haciendo Iglesia.
Vuestro hermano en la fe, Alejandro, C.M.F.

