Comentario al Evangelio del 24 de julio de 2026

Fecha

24 Jul 2026

Parece, según el texto evangélico de la Misa de hoy, que la parábola del sembrador dejó un  poco perplejos a los discípulos. Le piden a Jesús que desvele su sentido. ¿Es una crítica a un sembrador necio que esparce la semilla “al buen tuntún”?  Aunque de ninguno de los discípulos se diga que trabajara en el campo, el sentido común indica que las semillas de cualquier cultivo se echan en los surcos que traza el arado.  ¿O es una alabanza a una acción aparentemente torpe? O, tal vez, el Maestro, como cuando dice que no hay que echar las margaritas a los cerdos, prevenga para que no se desperdicie la noticia de la salvación y se discierna primero a quién se dirige.

La explicación de Jesús nos sitúa en otro punto de vista. No se trata de orientar para la misión que encomendará a sus discípulos cuando todo esté cumplido, estudiando a qué nicho de consumidores hay que dirigirse con un buen marketing. ¡El anuncio se hará llegar a todos, sean como sean!

Tal vez que lo que hoy puede suscitar este relato es la reflexión sobre lo que hacemos y lo que dejamos de hacer, sabiendo qué es lo correcto y lo que agrada a Dios.  Muchos y muchas veces, aún considerándonos gente de fe y católicos al menos aceptables, podemos identificarnos con el terreno pedregoso, con el poblado de zarzas, con el impermeable y, por ventura, aunque no sea totalmente seguro y permanente, con la tierra buena que produce fruto abundante. Una por una e incluso simultáneamente, en nuestra condición humana se dan todas las posibilidades de respuesta, todas las resistencias a la gracia y también el sí a la voluntad de Dios que quiere que nos salvemos.

Nos justificamos de mil maneras… Cómo en el soneto de Lope, (Mañana le abriremos…)  dejamos el negocio de la santidad y del testimonio para otro momento quizá más propicio, nos ocupamos en actividades muchas veces inútiles pero que llegamos a encontrar indispensables. Ponemos pretextos como nuestra debilidad, nuestra falta de talento, o nuestro miedo al ridículo. O nos desanimamos cuando ser testigos del evangelio  no va acompañado de ningún sentimiento gratificante o algo así como una experiencia interior gozosa.

En resumen: así como Dios tiene poder para hacer de las piedras hijos de Abraham, Nuestro Señor Jesucristo puede enviar su Santo Espíritu para hacernos tierra fértil que reciba su palabra y produzca fruto.

Virginia Fernández Aguinaco

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