Comentario al Evangelio del 24 de abril de 2026

Fecha

24 Abr 2026

Queridos hermanos, paz y bien.

La conversión de Saulo en Pablo es un momento muy importante en la historia del Cristianismo. Algo tan inesperado, que parece increíble. «¿Cómo has logrado, Señor, este cambio nunca visto: de Saulo, el perseguidor, en Pablo, heraldo de Cristo?». Tan extraordinario, que encontramos hasta tres versiones distintas del mismo asunto (un relato en Hechos 9, 1-30 y dos discursos del propio apóstol en Hechos 22, 4-21 y Hechos 26, 9-23.) Se ve que no era sencillo dejar por escrito lo que el Apóstol había sentido de camino a Damasco, en su encuentro con Cristo.

Es que, cuando Dios elige a alguien para una misión, no para hasta que logra que esa persona acepte.  Y sabemos que, desde ese momento, Pablo dedicó todos sus afanes no ya a perseguir a los cristianos, sino a propagar el mensaje de Cristo por todos los rincones de la tierra.

Ese mensaje que no todos podían asimilar a la primera. Hasta el punto de que algunos pensaban que quería que practicaran el canibalismo… Tomarse algunas cosas al pie de la letra es lo que tiene.

Lo importante es saber profundizar en el sentido de las palabras de Cristo, verlas en el contexto de su vida entera, y aplicarlas a la nuestra. El Maestro nos está hablando de cómo alcanzar la vida eterna. Por eso es importante.

¿Qué significa comer hoy el cuerpo y beber la sangre de Cristo? Probablemente, formar parte de un solo cuerpo, de la Iglesia. Vivir unido a todos, por la gracia de Dios. Eso es lo que nos permite la Comunión: encontrar la unidad en la diversidad. Cada uno, siendo como es, puede sentir que, por la fe, podemos vivir en relación con todos. Muchos piensan que sólo es posible estar unidos a los que piensan como yo. Pero Jesús hace posible lo imposible, para unir a todos, porque unidad no es uniformidad. En nuestra Iglesia Católica hay sitio para todos.

Podríamos decir que, gracias al Cuerpo y la Sangre de Cristo, pasamos de la confusión de Babel al entendimiento de Pentecostés, de la división a la unidad. Ese milagro lo consigue la Comunión, porque al compartir el Cuerpo de Cristo comenzamos a compartir la vida con los hermanos. Esa Comunión nos une con toda la Iglesia.

Por eso, la Comunión es alimento para el débil, medicina para el enfermo, impulso para el cansado. Porque nos cuesta creer en la unidad. Por eso tenemos que pedir ese don de sentir la unidad a menudo. Para dar testimonio ante el mundo, porque el mismo Cristo lo quería así (que todos sean uno, como Tú y Yo, Padre, somos uno). Tenemos que dejar de ser “diablos”, dejar de dividir y separar, para ser fuente de unidad.

El fin es vivir por el Señor, permitiendo que el amor de Cristo moldee la existencia de cada creyente hacia la vida eterna y la caridad fraterna, construyendo puentes, en lugar de muros, para unir en la diversidad. Un milagro del pan único, compartido en cada Eucaristía. Y confiar en la intercesión de María, nuestra Madre, que abre la puerta para que entre Jesús en nuestra vida.

Vuestro hermano en la fe, Alejandro, C.M.F.

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