Comentario al Evangelio del 23 de octubre de 2026
¿Cómo no sabéis interpretar el tiempo presente?
Queridos hermanos, paz y bien.
Hay personas que tienen una gran capacidad para interpretar lo que sucede a su alrededor. Miran el cielo y sabemos cuándo puede llegar la lluvia. Observan el viento, las nubes o la temperatura y hacen previsiones bastante acertadas. Jesús parte de esta experiencia cotidiana para plantear una pregunta incómoda: si sabemos interpretar los signos de la naturaleza, ¿por qué nos cuesta tanto interpretar lo que está sucediendo en nuestra propia vida? Nos reprocha que esa misma capacidad no la utilicemos para reconocer lo que Dios está haciendo en medio de nosotros.
No se trata simplemente de comprender acontecimientos históricos o de intentar adivinar el futuro. Jesús habla de algo más profundo: aprender a reconocer la presencia y la acción de Dios en nuestra historia. También nosotros podemos caer fácilmente en esta contradicción. Estamos acostumbrados a analizarlo todo: las noticias, la economía, las relaciones, las redes sociales, el comportamiento de otras personas. Tenemos opiniones sobre casi cualquier asunto. Sin embargo, quizá nos cuesta detenernos y preguntarnos: ¿qué está pasando dentro de mí?, ¿qué me está queriendo decir Dios a través de lo que estoy viviendo?, ¿hacia dónde me está llevando esta situación?
La fe necesita una mirada atenta. Dios continúa hablando, pero no siempre lo hace de la manera que esperamos. Puede hacerlo a través de una persona, de una dificultad, de una alegría inesperada, de una palabra del Evangelio, de una conversación, de una decisión que debemos tomar o incluso de una inquietud que aparece en nuestro corazón. Por eso, discernir es aprender a mirar la realidad con los ojos de la fe.
Jesús llama a sus contemporáneos «hipócritas» porque saben interpretar los signos del tiempo meteorológico, pero no reconocen el momento que están viviendo. El problema no es falta de inteligencia, sino falta de apertura. Tienen delante a Jesús, escuchan sus palabras y ven sus obras, pero no quieren reconocer lo que esos signos significan. Esta advertencia también puede dirigirse a nosotros. Podemos conocer muchas cosas sobre la fe y, sin embargo, permanecer cerrados a aquello que Dios nos está pidiendo. Podemos escuchar el Evangelio cada domingo y no permitir que transforme nuestra vida.
El Evangelio no está destinado únicamente a informarnos. Está destinado a despertarnos. En la segunda parte del pasaje, Jesús cambia de imagen y habla de una persona que va con su adversario ante el juez. Le recomienda ponerse de acuerdo con él antes de llegar al tribunal. La situación es urgente: mientras hay camino, todavía existe la posibilidad de reconciliación. La enseñanza es sencilla y profundamente práctica: no dejemos para mañana aquello que hoy podemos solucionar.
Hay palabras que necesitamos pronunciar y seguimos aplazando. Hay perdones que esperamos que comiencen siempre los demás. Hay relaciones heridas que dejamos deteriorarse porque pensamos que el tiempo solucionará las cosas. Pero el tiempo, por sí solo, no siempre cura. A veces simplemente hace más profunda la distancia. Jesús nos invita a actuar mientras estamos «en camino». La expresión puede entenderse como una imagen de nuestra vida. Estamos de camino hacia Dios y hacia los demás. Tenemos tiempo para cambiar, pedir perdón, reconciliarnos y recomenzar.
¿Cuántas veces pensamos: «Más adelante lo haré»? Más adelante hablaré con esa persona. Más adelante volveré a rezar. Más adelante cambiaré esta actitud. Más adelante dedicaré tiempo a mi familia. Más adelante me tomaré en serio aquello que Dios me está mostrando. Pero la vida sucede ahora. Por eso el discernimiento cristiano no consiste solamente en interpretar grandes acontecimientos. Consiste también en reconocer las pequeñas llamadas de Dios que aparecen en el presente.
Quizá hoy el Señor te está mostrando que necesitas detenerte. Tal vez te está invitando a reconciliarte con alguien. Puede que una situación concreta te esté ayudando a descubrir que debes cambiar una prioridad. O quizá una persona que ha aparecido en tu camino está despertando en ti una capacidad de servicio que todavía no habías descubierto.
Para reconocer estos signos necesitamos silencio. Una vida llena de ruido deja poco espacio para escuchar. Necesitamos momentos en los que podamos detenernos delante de Dios y preguntarle sinceramente: «Señor, ¿qué quieres mostrarme?». También necesitamos humildad. Discernir no significa buscar que Dios confirme siempre lo que nosotros ya hemos decidido. Significa estar dispuestos a dejarnos sorprender y, si es necesario, cambiar de dirección.
El Evangelio de hoy nos recuerda, además, que la conversión tiene un momento concreto: hoy. No sabemos cuánto tiempo tendremos ni qué circunstancias encontraremos mañana. Por eso no conviene vivir permanentemente aplazando lo esencial. Tal vez Dios no nos está pidiendo grandes gestos. Quizá simplemente nos invita a dar un pequeño paso: una llamada, una disculpa, un tiempo de oración, una decisión más generosa, una conversación pendiente, una ayuda concreta. Lo importante es aprender a reconocerlo.
Jesús nos pide una mirada capaz de leer más allá de las apariencias. Una mirada que descubra que nuestra historia no está cerrada y que Dios puede estar actuando precisamente en aquello que todavía no comprendemos. Los signos de Dios no siempre son espectaculares. A menudo llegan discretamente, pero esperan una respuesta. Por eso, al terminar este Evangelio, podemos preguntarnos: ¿Qué signos de Dios estoy viendo hoy en mi vida y quizá estoy ignorando? ¿Hay alguna situación o relación que sé que necesita una respuesta y que sigo aplazando? Y una última pregunta puede acompañarnos durante el día: Si Dios me está hablando hoy a través de mi realidad concreta, ¿tengo el corazón suficientemente atento y disponible para escucharle?
Vuestro hermano en la fe, Alejandro, C.M.F.