Comentario al Evangelio del 23 de agosto de 2026
Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?
Queridos hermanos, paz y bien.
¿Y quién soy yo para vosotros? Desde luego es una pregunta delicada, casi diría que a mala idea. ¿Y quién es Jesús para mí? Contestaciones de catecismo y de teología escuchada en alguna prédica, todos tenemos. No es una pregunta de un examen de historia antigua o contemporánea. No son pocos los ateos que lo saben todo de Jesús. También los fariseos que le espiaban se sabían todo de Él: su padre, su madre, sus parientes, su edad, sus correrías por Palestina…
Es una buena ocasión para preguntarnos, cada uno sinceramente, que significa Jesús en nuestras vidas, si es que significa algo. Seguramente que, allá donde pasamos muchas horas cada día, la cuestión de la fe (ser cristiano y todo aquello que ello entraña) no capitaliza – ni mucho menos – el centro de atención de la conversación. Tal vez, y puede ser un fallo grande o exponente una debilidad, sabemos hablar de todo, pero nos cuesta hablar de Dios. Expresar nuestras convicciones religiosas. Manifestar nuestras creencias. Defender, si la situación lo requiere, la concepción que tenemos de la vida, de la familia y de la sociedad desde el Evangelio.
En este camino hacia el conocimiento de Cristo, el texto de Romanos nos lleva hasta uno de esos momentos en los que san Pablo deja de argumentar para ponerse a contemplar. Tras reflexionar sobre la misericordia de Dios y su manera de conducir la historia, se da cuenta de que se encuentra ante algo que no se puede encerrar en una explicación. Por ello exclama: «¡qué abismo de riqueza, de sabiduría y de conocimiento el de Dios!». Pablo no dice que la fe sea irracional ni tampoco que no debamos buscar razones para entenderla. Lo que sí afirma es que Dios siempre será más grande de lo que podemos pensar sobre Él. Podemos conocer algo de Dios, podemos llegar a descubrir, reconocer su amor, experimentar su presencia, pero nunca agotarlo. Hay una profundidad en su misterio que hace que nuestras medidas resulten demasiado cortas.
Esto resulta muy importante, cuando la vida no se ajusta a nuestras expectativas. A menudo queremos resolver la situación, tenemos la necesidad de entender por qué algo está ocurriendo, por qué Dios ha permitido determinada situación, o por qué el camino de la fe tiene momentos de oscuridad. Este texto nos invita a vivir de otra manera: no desde la necesidad de tener la respuesta, sino desde la confianza.
«¿Quién conoció la mente del Señor?», pregunta Pablo. La pregunta no quiere avergonzarnos, por ser ignorantes, sino liberarnos. No tenemos que usurpar el lugar de Dios, no hace falta llegar a comprenderlo todo. Podemos reconocer nuestros límites y, precisamente desde ahí, confiamos. La humildad de la fe cristiana comienza muchas veces cuando dejamos de exigir a Dios que encaje en nuestros planes y propósitos.
De ahí pasará Pablo al centro de su contemplación: «Él es el origen, guía y meta del universo». Dios no es un elemento más de la vida. Es el origen de la vida, el cimiento sobre el que se edifica todo, y el destino de la vida. Todo lo que somos, todo lo que tenemos, recibe de Él su significado. Esta concepción también modifica nuestra manera de vivir. La vida deja de entenderse como una posesión exclusivamente nuestra y se convierte en un don que estamos llamados a agradecer y entregar.
Por eso el pasaje termina con una alabanza: «A él la gloria por los siglos. Amén». La respuesta al misterio de Dios no es solamente buscar explicaciones, sino también aprender a adorar. La alabanza nace cuando descubrimos que nuestra vida no depende únicamente de nuestras fuerzas y que, incluso cuando no vemos el camino completo, podemos ponernos en manos de Dios.
Vivir este texto hoy puede significar algo muy concreto: confiar un poco más y controlar un poco menos; aceptar que no tenemos todas las respuestas; agradecer lo recibido; mirar a los demás con humildad y reconocer que Dios puede estar actuando de maneras que no alcanzamos a comprender.
La fe madura no consiste en tenerlo todo claro. Consiste en seguir caminando cuando no todo está claro, sabiendo que detrás de nuestra limitada mirada existe un Dios cuya sabiduría y misericordia son mucho mayores que las nuestras. Ante ese misterio, quizá la mejor respuesta sea sencilla: vivir con confianza, recibir cada día como un regalo y orientar nuestra vida hacia aquel de quien todo procede y hacia quien todo encuentra su plenitud.
Por eso, quizá, con confianza. como hizo entonces Pedro, nuestra Iglesia (con contradicciones, deficiencias, limitaciones, dificultades, temperamento, carácter, etc.) hoy debe seguir respondiendo a la pregunta de Cristo: “Tú, Señor, eres el Hijo de Dios”. ¿Podremos escaparnos con una respuesta facilita, aprendida de niños? ¿Es eso lo que el Señor espera de mí? Hay que hacerse cada uno esta pregunta a solas, mirando a Jesús clavado en la Cruz y dejando hablar al corazón. ¿Quién soy yo para ti?
Jesús no ha venido al mundo para ser coreado en pancartas y luego ser olvidado en el estilo de vida de los que nos decimos creyentes. Jesús no ha nacido para que nos remitamos a las actas de la historia y comprobemos que, en verdad, existió. Jesús no ha irrumpido repentinamente para que lo ensalcemos como un defensor de las causas perdidas. Jesús, sobre todo, ha venido para que veamos en Él la mejor fotografía y el mejor rostro que Dios tiene: el amor.
En este año 2026, nuevamente Jesús espera una respuesta: ¿Qué decimos sobre Él? ¿Le conocemos profundamente o sólo superficialmente? ¿Escuchamos su Palabra o simplemente asistimos a su lectura? ¿Estamos en comunión con Él, o somos unos amigos interesados que sólo lo saben vivir y sentir en ciertas celebraciones solemnes? Cada uno que piense que va a responder.
Vuestro hermano en la fe,
Alejandro, C.M.F.