Comentario al Evangelio del 22 de octubre de 2026
Puesto que muchos han emprendido la tarea de componer un relato de los hechos que se han cumplido entre nosotros, como nos los transmitieron los que fueron desde el principio testigos oculares y servidores de la palabra, también yo he resuelto escribírtelos por su orden, ilustre Teófilo, después de investigarlo todo diligentemente desde el principio.
Este comienzo del Evangelio de Lucas, justifica bastante la suposición de que lo escrito sobre la encarnación, nacimiento, infancia y vida pública de Jesús, fue conocido por el escritor directamente de la Madre o al menos de testigos -muy cercanos a María-que escucharon aquellos relatos de lo que Ella “guardaba en su corazón”.
En su libro “La memoria es un árbol”, José María Cabodevilla escribió: “los franceses no dicen aprender de memoria, dicen apprendre par cœur, aprender por el corazón. […] Solo lo que ha pasado por el corazón permanece vivo, florece y echa raíces, como las ramas de un árbol que buscan la luz”. Y Lucas dice muchas veces que María guardaba en su corazón las cosas de Jesús. Como la inmensa mayoría de las madres cuya memoria de los hijos está amorosamente guardada en el corazón.
Así que es posible que este episodio que puede parecer un desaire, algo que duele por venir de quien es lo más amado, fue guardado en el corazón y trasmitido por María a Lucas como un regalo precioso: “Mi madre y mis hermanos son estos los que escuchan la palabra de Dios y la cumplen”. Más allá del vínculo de la carne que liga a la madre con el hijo de modo portentoso, aquí se habla del vínculo de la docilidad a la Palabra. Y podemos suponer y aún estar ciertos de que María al hablar de aquel momento, lo hizo sabiendo que su hijo la recónoció como quien había acogido la palabra, la había cumplido y sería fiel hasta el final.
Virginia Fernández Aguinaco