Comentario al Evangelio del 22 de octubre de 2026

Fecha

22 Oct 2026

He venido a prender fuego en el mundo

Queridos hermanos, paz y bien.

Seguimos con el capítulo 12 del Evangelio de Lucas, con esa invitación a velar, a estar preparados. Hoy el tono sube, prometiendo “guerra”. El Señor declara: «Voy a traer fuego al mundo». Suena a un desafío, quizás incluso a una amenaza si no la leemos con los ojos adecuados. Pero si paramos a pensar en la historia del Reino de Dios, veremos que esta frase no es un grito de guerra, sino una descripción de la realidad de la vida cristiana. Jesús avisa, porque no quiere que la gente le siga engañada. Por eso habla de la familia, que es el primer lugar donde un seguidor de Cristo puede encontrar dificultades. Cuántos jóvenes, al plantearse la vocación a la vida religiosa, se enfrentan a la oposición familiar, por ejemplo. Yo conozco a alguno.

«He venido a prender fuego a la tierra, ¡y cuánto deseo que ya esté ardiendo!». Estas palabras de Jesús pueden sorprendernos. Estamos acostumbrados a escucharlo hablar de paz, perdón, misericordia y reconciliación. ¿Cómo entender entonces este lenguaje sobre el fuego y la división? El Evangelio de hoy nos recuerda que el mensaje de Jesús no deja indiferente. Encontrarse verdaderamente con Él transforma la vida y, precisamente por eso, puede provocar decisiones, preguntas e incluso conflictos.

El fuego es una imagen poderosa. Ilumina en la oscuridad, calienta, purifica y transforma. Una pequeña llama puede crecer hasta convertirse en un fuego capaz de cambiar todo lo que encuentra. Algo parecido sucede cuando el Evangelio entra en nuestra vida. Puede comenzar con una palabra escuchada, una experiencia de perdón, una pregunta o un encuentro personal con Cristo. Pero, cuando esa palabra llega al corazón, puede cambiar nuestra manera de mirar a Dios, a los demás y a nosotros mismos. Jesús no ha venido simplemente a añadir algunas prácticas religiosas a nuestra vida. Ha venido a renovarnos desde dentro. Por eso sus palabras pueden resultar exigentes. El Evangelio no nos pide solamente admirar a Jesús, sino confiar en Él y permitir que su presencia transforme nuestras decisiones, prioridades y relaciones.

A continuación, Jesús habla de un bautismo que todavía debe recibir y afirma: «¡Qué angustia hasta que se cumpla!». Está hablando de su pasión y de su muerte. El fuego de su misión pasa por la entrega de su propia vida. Jesús no anuncia un camino fácil ni pretende conquistar a las personas mediante la fuerza. Su camino será el del amor llevado hasta el extremo. La cruz nos ayuda a comprender qué clase de fuego trae Cristo. No es el fuego de la violencia, sino el fuego del amor que se entrega. No destruye personas; quema aquello que nos impide amar: el egoísmo, la indiferencia, la mentira, el resentimiento y la injusticia. Allí donde Cristo es acogido, algo comienza a cambiar.

Sin embargo, este Evangelio también habla claramente de división: «¿Pensáis que he venido a traer paz a la tierra? No, sino división». Estas palabras necesitan ser comprendidas con cuidado. Jesús es quien anuncia la paz y reconcilia a la humanidad con Dios. Pero la paz cristiana no significa evitar cualquier conflicto a cualquier precio. A veces, vivir según la verdad puede generar oposición. Jesús sabe que su mensaje provocará decisiones. Habrá quienes lo acepten y quienes lo rechacen. Y esa decisión puede afectar incluso a las relaciones más cercanas: «Estarán divididos el padre contra el hijo y el hijo contra el padre…». No significa que Jesús desee la división de las familias. Al contrario, el Evangelio llama al amor, al perdón, al diálogo y a la unidad. Lo que señala es una realidad humana: cuando una persona decide vivir seriamente según el Evangelio, no todos necesariamente comprenderán o compartirán esa opción.

Esto puede suceder también hoy. Seguir a Cristo no significa buscar enfrentamientos. El cristiano no está llamado a provocar conflictos ni a sentirse superior a quienes piensan de otra manera. Pero tampoco puede convertir la paz en una excusa para renunciar a sus convicciones. La verdadera paz necesita verdad, libertad y justicia. Por eso necesitamos discernimiento. Hay conflictos que nacen del Evangelio y otros que nacen de nuestro orgullo. No toda oposición significa que estamos siendo fieles a Cristo. A veces somos nosotros quienes generamos tensiones por nuestra impaciencia, nuestra dureza o nuestra incapacidad para escuchar.

El fuego de Jesús comienza por nuestro propio corazón. Antes de preguntarnos quién está en contra de nuestra fe, quizá conviene preguntarnos si nosotros estamos dejando que Cristo transforme aquello que necesita cambiar en nuestra propia vida. El Evangelio de hoy nos invita también a recuperar el valor de una fe que no sea simplemente una costumbre. Podemos haber recibido la fe desde pequeños y, sin embargo, necesitar volver a descubrirla personalmente. Podemos participar en la vida de la Iglesia y, al mismo tiempo, mantener zonas de nuestra existencia en las que todavía no hemos permitido que entre el Evangelio.

Jesús desea encender un fuego. Y ese fuego necesita ser alimentado. Lo hacemos mediante la oración, la Palabra de Dios, los sacramentos, la comunidad cristiana y el servicio a los demás. Pero también mediante decisiones concretas: reconciliarnos con alguien, renunciar a una actitud egoísta, defender a quien es tratado injustamente, dedicar tiempo a quien nos necesita o responder con generosidad cuando Dios nos llama.

Quizá el Evangelio de hoy nos ayude a comprender que la fe no consiste solamente en creer unas verdades, sino en permitir que Cristo transforme nuestra manera de vivir. El fuego del Evangelio puede ser incómodo. Puede hacernos salir de nuestras seguridades y llevarnos a tomar decisiones que no todos comprenderán. Pero también puede devolver calor a un corazón cansado, luz a quien camina en la oscuridad y esperanza a quien siente que su vida ha perdido dirección.

Jesús no busca dividir por dividir. Quiere despertar una respuesta libre y sincera. Su deseo es que el fuego del amor de Dios llegue a todos los rincones de nuestra existencia. Por eso podemos terminar con algunas preguntas: ¿Qué parte de mi vida necesita hoy ser encendida por el fuego del Evangelio? ¿Hay alguna decisión que estoy evitando por miedo a lo que puedan pensar los demás? ¿Sé defender mis convicciones con firmeza, pero también con respeto y caridad? Y quizá la pregunta más profunda sea esta: Si Cristo quiere encender hoy su fuego en mi corazón, ¿estoy dispuesto a dejar que transforme mi vida?  La respuesta cambiará todo en tu vida diaria y te ayudará (o no) a llegar a la vida eterna.

Vuestro hermano en la fe, Alejandro, C.M.F.

 

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