Comentario al Evangelio del 22 de abril de 2026
Queridos hermanos, paz y bien.
No podemos dejar de sorprendernos de los misteriosos caminos que usa nuestro Dios. La persecución contra los primeros creyentes, que podría haber significado el final del Cristianismo, se convierte en el comienzo de la expansión de la fe por todo el mundo. Hasta en Samaría, el lugar de oposición a los judíos por antonomasia, se alegran por la Buena Nueva. Seguramente, porque es algo nuevo, que está avalado por la experiencia de vida de los testigos.
En el Evangelio, sigue el discurso del Pan de Vida. Jesús se presenta con una afirmación que es al mismo tiempo simple y profunda: “Yo soy el pan de vida. El que viene a mí no tendrá hambre, y el que cree en mí no tendrá sed jamás”. Con estas palabras, Jesús nos invita a una relación de confianza y entrega total, ofreciendo algo que trasciende lo material: el alimento del alma que satisface para siempre.
El pan es un alimento básico, símbolo de sustento y vida. Pero Jesús, al llamarse a sí mismo “el pan de vida”, nos recuerda que la verdadera satisfacción no proviene solo de lo que comemos o de lo que poseemos, sino de una relación profunda con Él. En un mundo donde la búsqueda de éxito, reconocimiento y placer parece no tener fin, Jesús nos ofrece una alternativa: la paz y la plenitud que nacen de la fe en Él. No es un alimento que se consume y se agota, sino un don eterno, capaz de sostenernos en todos los momentos de nuestra vida.
El pasaje también nos enseña sobre la misión de Jesús: “No he venido para hacer mi voluntad, sino la voluntad de Aquél que me envió”. Aquí descubrimos la clave de su mensaje y de nuestra vocación: seguir la voluntad del Padre. Para Jesús, esta voluntad se traduce en ofrecer la salvación a todos los que creen en Él, asegurando que nadie se pierda, sino que todos tengan vida eterna. Estamos llamados a confiar, incluso cuando no comprendemos todos los caminos de Dios. La fe no es un acto de cálculo, sino de entrega plena, confiando en que Dios sabe lo que es mejor para cada uno de nosotros.
Además, este Evangelio nos invita a reflexionar sobre nuestra hambre y sed interior. Muchas veces intentamos llenarnos de cosas pasajeras: dinero, poder, relaciones superficiales. Pero ninguna de éstas puede colmar el vacío del corazón. Solo Jesús puede saciar nuestra hambre más profunda: la de ser amados, comprendidos y redimidos. Al acercarnos a Él, al recibir su palabra y su presencia en la Eucaristía, encontramos esa satisfacción que el mundo no puede ofrecer.
Hoy la Palabra nos llama a hacer de Jesús nuestro sustento diario. Alimentarnos de su amor, de su ejemplo y de su mensaje nos transforma, nos fortalece y nos conduce a la vida eterna. No se trata solo de recibir pasivamente, sino de vivir y compartir ese alimento con los demás, siendo pan que se parte para nutrir al hermano que sufre, al que tiene hambre de justicia y de paz.
Que esta Palabra nos recuerde que Cristo es nuestro verdadero pan, y que al acercarnos a Él con fe, encontramos la plenitud que el mundo no puede dar. Que nuestra vida se convierta en un reflejo de este pan que se entrega, y que, al igual que Jesús, podamos ser instrumentos de amor y vida para todos los que nos rodean. Amén.
Vuestro hermano en la fe, Alejandro, C.M.F.

