Comentario al Evangelio del 21 de octubre de 2026

Fecha

21 Oct 2026

¿Quién es el administrador fiel y prudente?

Queridos hermanos, paz y bien.

Ayer se nos invitaba a vivir vigilantes, pero sin angustia. Para que no se nos olvide, porque somos de memoria frágil, la Liturgia hoy vuelve a recordarnos la importancia de velar.  Y lo hace recordando que hay una diferencia importante entre vivir con miedo y vivir preparados. El miedo nos paraliza; la preparación nos mantiene despiertos. En el Evangelio de hoy, Jesús utiliza imágenes fuertes —el ladrón que llega de improviso, el administrador que debe rendir cuentas— para invitarnos a una actitud fundamental: tomarnos en serio el don de la vida y la responsabilidad que hemos recibido.

Jesús comienza con una comparación conocida: «Si el dueño de una casa supiera a qué hora viene el ladrón, no dejaría que entraran en su casa». La imagen resulta inquietante porque habla de algo inesperado. No sabemos cuándo llegará el momento decisivo. Pero Jesús no pretende que vivamos sospechando de todo ni mirando el futuro con angustia. Quiere enseñarnos que hay cosas importantes que no conviene aplazar indefinidamente. Todos sabemos que la vida puede cambiar en un instante. Una llamada telefónica, una enfermedad, un encuentro, una decisión o una circunstancia inesperada pueden modificar nuestros planes. Por eso, estar preparados significa vivir de tal manera que no tengamos que esperar a «algún día» para amar, perdonar, agradecer o hacer el bien.

Después Jesús presenta otra imagen: la del administrador al que su señor ha confiado una casa. La cuestión ya no es solamente estar despiertos, sino cómo utilizamos aquello que se nos ha confiado. El administrador no es el dueño. Ha recibido una responsabilidad y tendrá que responder por la manera en que la ha ejercido. Esta imagen toca una verdad muy profunda de la fe cristiana: nuestra vida no es una propiedad absoluta, sino un don recibido. Hemos recibido tiempo, capacidades, relaciones, responsabilidades, oportunidades y bienes. Incluso aquello que consideramos más personal está relacionado con los demás. La pregunta cristiana no consiste únicamente en «¿qué quiero hacer con mi vida?», sino también en «¿qué me ha confiado Dios y cómo estoy respondiendo?»

El administrador fiel es aquel que no se olvida de las personas que están a su cargo. Su autoridad se convierte en servicio. No utiliza su posición para aprovecharse de los demás, sino para procurar su bien. En cambio, Jesús presenta la otra posibilidad: el administrador que piensa que su señor tardará y comienza a comportarse como si fuera el dueño absoluto. Abusa de su posición, maltrata a los demás y vive preocupado únicamente por sí mismo. Aquí aparece una advertencia que conserva toda su actualidad. La historia, por desgracia, nos ha mostrado con qué frecuencia se tuercen las cosas. El poder, la responsabilidad y la autoridad pueden convertirse en instrumentos de servicio o en medios de dominio. Esto vale para quienes ejercen grandes responsabilidades, pero también para las pequeñas parcelas de autoridad que cada uno tiene: en una familia, en el trabajo, en una comunidad, en una parroquia, en un grupo de amigos.

No hace falta ocupar un cargo importante para tener influencia sobre otros. Nuestras palabras pueden animar o herir. Nuestras decisiones pueden ayudar o perjudicar. La manera en que tratamos a quienes dependen de nosotros revela mucho de nuestro corazón. Por eso Jesús habla de una responsabilidad proporcional al conocimiento recibido: «Al que mucho se le dio, mucho se le reclamará; al que mucho se le confió, más se le pedirá». Esta frase puede parecernos exigente, pero también contiene una visión hermosa de la vida. Dios confía en nosotros. Nos entrega dones porque espera que podamos hacerlos fructificar. La responsabilidad no es solamente una carga; es también una señal de confianza.

Cuanto más hemos recibido, mayor es nuestra capacidad de hacer el bien. Una persona que ha recibido una buena formación puede poner sus conocimientos al servicio de otros. Quien tiene recursos puede compartirlos. Quien posee experiencia puede acompañar a quien comienza. Quien tiene autoridad puede proteger y servir. Quien ha recibido mucho amor puede convertirse en alguien capaz de transmitirlo. La pregunta, por tanto, no debería ser únicamente cuánto hemos recibido, sino qué estamos haciendo con ello.

Hay algo más que conviene destacar. Jesús no presenta la espera del Señor como una espera pasiva. No se trata de quedarse quietos mirando al cielo. Mientras esperamos, tenemos una tarea concreta: cuidar de las personas que Dios ha puesto cerca de nosotros. El Evangelio nos devuelve así al presente. El momento decisivo de la vida cristiana no está solamente en el futuro. Está también en este día, en esta conversación, en esta decisión, en esa persona que necesita nuestra ayuda. Podemos pensar que para cambiar nuestra vida necesitamos hacer grandes propósitos. A veces basta con comenzar por algo pequeño: pedir perdón, visitar a alguien que está solo, escuchar sin juzgar, cumplir responsablemente nuestro trabajo, compartir con quien tiene menos, recuperar la oración o acercarnos de nuevo al sacramento de la Reconciliación. Estar preparados para el encuentro con el Señor significa vivir el presente con sentido.

Además, el Evangelio nos invita a superar una imagen equivocada de Dios. El Señor no es alguien que está esperando descubrir nuestros errores para castigarnos. Es el dueño que confía una casa a sus servidores. Nos conoce, nos entrega responsabilidades y espera que respondamos desde la libertad y el amor. Pero precisamente porque nos ha confiado tanto, nuestra vida importa. Nuestras decisiones tienen consecuencias. El amor recibido está llamado a convertirse en amor entregado.

Quizá por eso la vigilancia cristiana tiene menos que ver con estar preocupados por la muerte y mucho más con aprender a vivir bien. No sabemos cuándo llegará el Señor. Pero sí sabemos cómo queremos que nos encuentre: intentando amar, sirviendo, reconciliándonos, cuidando a quienes tenemos cerca y procurando que nuestros dones no queden estériles. La pregunta que queda abierta es sencilla, pero profunda: si hoy tuvieras que rendir cuentas de aquello que Dios te ha confiado, ¿qué fruto encontraría en tu vida? Y una segunda pregunta puede acompañarnos durante el día: ¿hay algo que sabes que deberías hacer por amor, pero que sigues dejando para mañana? Tal vez precisamente ahí comienza la vigilancia a la que Jesús nos invita.

Vuestro hermano en la fe, Alejandro, C.M.F.

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