Comentario al Evangelio del 21 de junio de 2026
No tengáis miedo.
Queridos hermanos, paz y bien.
En este mundo tan revuelto en que vivimos, no está de más escuchar una palabra de ánimo. Sobre todo, si las dice el mismo Jesús. “No tengáis miedo” es un buen consejo para todos. Porque en nuestra vida hay muchos momentos en los que nos puede el temor.
Necesitamos sentir la confianza que tenía el profeta Jeremías en la primera lectura. A pesar de que todo lo tenía en contra, sabía que el Señor estaba con Él. Confiaba en Él, a pesar de que todo estaba en contra. No tuvo miedo de dar razón de su fe.
Para llegar a esa confianza, hay que tener una relación directa y personal con Dios. Porque Él siempre está ahí, pero no siempre nosotros lo sabemos ver. “A Ti encomendé mi causa”; con esas palabras el profeta recuerda Quién es su Defensor en el peligro.
Esa relación personal con Dios y esa confianza son esenciales para poder vivir en paz, cuando a nuestro alrededor todos cuchichean y nos señalan con el dedo, por intentar vivir de otra manera, muchas veces contra corriente. Porque no está de moda ser honrado, si miramos lo que el mundo entiende como “éxito”, cumplir con las obligaciones laborales (o estudiantiles), ser fiel en las relaciones matrimoniales, levantarse para ir a Misa los domingos, conducir con prudencia, ceder el asiento a las personas mayores, inválidos y embarazadas… El que vive así, puede ser señalado por los que no quieren pensar mucho y vivir pensando sólo en el placer personal.
Es bueno, cuando escuchamos estas lecturas, preguntarnos a quién recurrimos nosotros, cuando nos vemos en situaciones complicadas. Porque haberlas, las habrá. Y si no tenemos claro qué hacer si nos vemos en medio de la tempestad, a lo peor nos ahogamos. Es que la relación con Dios no se improvisa, por lo menos una relación tan profunda como la del profeta, que pueda dar sentido a la vida. Es una lucha, que exige la intervención de la voluntad y dedicar tiempo para estar con el Señor, con la puerta de la habitación cerrada, dejando que nos hable al corazón.
Si vamos siendo capaces de cultivar una relación así con nuestro Dios, podremos ir poco a poco creciendo en nuestra capacidad de ver en todo la mano de Dios, su paso por nuestra vida y por la vida de la humanidad.
La intervención de Dios en la Historia la recuerda san Pablo en la segunda lectura. “Si por la transgresión de uno murieron todos, mucho más, la gracia otorgada por Dios, el don de la gracia que correspondía a un solo hombre, Jesucristo, sobró para la multitud.” Como veíamos la semana pasada, cuando aún éramos pecadores, Dios nos envió a su Hijo, no para condenarnos, sino para salvarnos. Un buen motivo para elevar nuestra autoestima, sobre todo cuando nos sentimos pecadores, porque por parte de Dios, ya está todo hecho. No le importa que no seamos perfectos. Quiere que seamos mejores, pero ya hoy nos espera. La invitación está enviada, con tu nombre y apellido. Es la hora de responder personalmente.
Para poder dar una respuesta válida y verdadera a nuestro Dios, nos ayuda el Evangelio. Podemos empezar así: ¿quién guía mi vida de verdad? ¿Quién organiza mi forma de pensar? ¿Quién dicta mi forma de actuar? ¿Quién me indica lo que tengo que decir o lo que tengo que callar? ¿Quién me dice cuándo actuar y cuándo inhibirme? No son preguntas baladíes. Es lógico que en toda estructura social haya un reparto mayor o menor de funciones, y que a algunos les toque más decidir y a otros ejecutar. No es lo mismo ser director general que ser un administrativo en una empresa. No digamos ya en las fuerzas armadas.
Pero las preguntas que he formulado un poco más arriba se refieren a las veces que tenemos que actuar en conciencia, y hay ocasiones en que otros quieren mandar en nuestra conciencia. No todos tienen la misma capacidad de presión. Sólo los que tienen cierta autoridad y pueden castigarnos, si no nos sometemos a su voluntad, nos pueden condiconar de verdad. Si un niño pequeño nos apunta con una pistola de juguete (si aún siguen jugando los niños con pistolas) y nos amenaza, sonreímos, podemos fingir que nos ha matado y jugamos con él. Pero cuando a Pedro y a Juan los autoridades de los judíos les prohíben seguir hablando de Jesús, las cosas cambian. Porque que te azoten o que te condenen a muerte no es cosa de broma.
Las palabras de Cristo no buscan que estemos todo el día buscando el enfrentamiento con los que no piensan como nosotros. Más bien el Maestro quiere que no desfallezcamos en la tarea de anunciar y construir el Reino de Dios, aunque parezca que no damos fruto o nos rechacen y se nos opongan. Porque lo importante es no guardarse la proclamación de ese Reino, que no puede mantenerse oculto. El miedo, por tanto, no puede ser óbice para el actuar del discípulo de Jesús.
Ser discípulo de Jesús es ser libre. Y ser libre no es un juego. Implica asumir riesgos. Supone no dejar que otros, con su mando a distancia, me limiten, me coarten o esclavicen. Supone también luchar para que otros no me hagan un juguete de sus deseos y de sus pasiones. La libertad tiene un precio, que puede ser muy elevado.
Jesús nos dice que seguirle significa ser libre, como Él lo fue. Vivir buscando sólo la voluntad de Dios y llevándola a la práctica. También es una invitación a la confianza: “vosotros hasta los cabellos de la cabeza tenéis contados”. En las clases del Seminario nos comentaron que esta figura nos retrotrae a los tiempos en los que había muchos piojos en el mundo y los niños se los pasaban de unos a otros. Al llegar a casa, las madres comprobaban el estado higiénico de los cabellos, matando los “bichos” y peinando el pelo para retirar las liendres. Qué imagen tan bella; Dios, como una madre, contando los cabellos de nuestra cabeza. Qué preocupación por cada uno de nosotros…
Se nos ha confiado la Palabra de Dios. No nos la guardemos. Es una responsabilidad. Para todos. Porque esto de que nos habla Jesús no vale sólo para los momentos críticos de la vida. Vale también en episodios menores, en los que uno se juega, por ejemplo, su propia imagen, porque lo que se lleva no es ser y declararse creyente. Sin arrogancia, sin agresividad (porque la Palabra de Dios no se impone, sino que se ofrece), estamos llamados a ser testigos suyos. Es pan para la multitud. No nos podemos guardar esa Palabra para nosotros solos, para nuestro consumo personal. Que el Señor nos conceda cruzar la frontera que separa el miedo de la libertad.
Vuestro hermano en la fe, Alejandro, C.M.F.
