Comentario al Evangelio del 21 de julio de 2026
En la famosa serie Chosen, Mateo es un personaje bastante peculiar, obsesionado con registrar exactamente los hechos y las palabras de Jesús tal como los presenció. Puede que Mateo fuera así o un hombre muy parecido al que aparece en la serie. Y, por eso, el pasaje del Evangelio de hoy nos suena un poco hiriente, casi como un desaire injustificado a la madre. “¿Quiénes son mi madre y mis hermanos?” dice Jesús y después señalando a sus discípulos sigue la alabanza más alta que se haya pronunciado… sobre la Virgen María, su madre. Porque si existe alguien que haya cumplido exactamente y en todo la voluntad de Dios, esa es Ella, la nueva Eva.
Para entender cómo María logra hacer la voluntad del Padre de una forma absoluta, tenemos que conocer lo que es el pecado. Por su propia naturaleza, es división, desobediencia y resistencia a la voz de Dios. Es el «no» del hombre al plan divino.
Al ser preservada de toda mancha de pecado desde el primer instante de su concepción, María quedó dotada de una libertad purísima. Su corazón no experimenta las contradicciones internas que el todos padecemos. En Ella no había interferencias, egoísmos ni dudas que frenaran la acción del Espíritu Santo. Por lo tanto, cuando Jesús dice que su madre es aquella que hace la voluntad del Padre, está describiendo a una criatura cuya voluntad humana está en perfecta sintonía con la voluntad divina. Su impecabilidad es lo que hace posible su obediencia perfecta.
Yo creo que esa escena, tan literalmente recogida por Mateo, no fue vivida por María como desapego, ni desprecio. Existe un vínculo con el hijo, carnal y humano pero también otro más fuerte y poderoso que es el de cumplir la voluntad de Dios. Y María lo llevó a cabo desde su nacimiento y, de manera especial, en el “Hágase en mi, según tu palabra” respondiendo al anuncio de Gabriel.
Virginia Fernández Aguinaco