Comentario al Evangelio del 20 de noviembre de 2026

Fecha

20 Nov 2026

Agridulce

Parece un poco chocante: la primera lectura habla de la dulzura de la palabra. Y sin embargo, el Evangelio ofrece palabras muy duras, exigentes. ¿Será el amargor posterior en el vientre? La palabra de Dios, en toda su misericordia y dulzura no parece decir que luego cada uno haga lo que quiera, que “compre” la gracia, que comercie con lo que es de Dios, que es el culto… y también el propio cuerpo.

Muchos padres de la Iglesia y papas han hablado sobre este pasaje desde distintos ángulos: tanto de la desvirtuación de las cosas sagradas, del quitar el sentido a los sacramentos, del intento de comprar la gracia, de no respetar lo sagrado, como del sentido del respeto por el propio cuerpo, templo de Dios.

En todo hay algo común: lo sagrado, es decir, lo que pertenece a Dios, no se puede corromper. La dulzura del encuentro con Dios en su templo, que es el universo entero y cada uno de los seres humanos creados a su imagen y semejanza, no se puede corromper con la sacarina de lo material. La exigencia de pureza de intención en los actos, de conservación de la limpieza e integridad del cuerpo, puede resultar amarga… o más bien difícil. Aceptar la dulzura de la Palabra es aceptar también el amargor de la exigencia de vigilancia, de perseverancia en la unión con Dios en la oración, en el respeto por la dignidad de todo ser humano creado por Dios. Hacer santa la dulce casa de oración de Dios exige una vida de unión atenta y perseverante que luego empuja a la lucha contra todo aquello que atenta contra la pureza del cuerpo; a la defensa de la verdad y la justicia para todo ser humano. Ese puede ser el amargor del vientre: no olvidar la dulzura en la boca, el amor y la misericordia en el corazón, y la acción decidida de servicio, de defensa de la verdad y la bondad. La virtud es esfuerzo, pero alimentado por la contemplación y la oración constante. El camino de los preceptos contiene más alegría que todas las riquezas, dice el Salmo que sirve de puente entre lo dulce de la presencia de Dios y lo amargo del esfuerzo y la vigilancia.

Cármen Fernández Aguinaco

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