Comentario al Evangelio del 20 de junio de 2026

Fecha

20 Jun 2026

No lo que se nos antoja, sino lo que necesitamos

Sábado de la XI Semana del Tiempo Ordinario. Santa María en sábado Mt 6, 24-34. No os agobiéis por el mañana.Se suele decir que las abuelas son muy consentidoras, quieren siempre dar gusto a los nietos y les dan todo lo que piden, que, normalmente, no necesitan. Son, más bien, caprichos. Los padres a veces también son así, pero normalmente son juzgados por no “educar bien a sus hijos y consentir demasiado” (incluso a veces las abuelas critican en sus hijos lo que hacen ellas alegremente con sus nietos, y hasta más).

Dios es padre, no abuelo. A veces (y frecuentemente) sí concede caprichos, pero si no lo hace no es porque no ame, sino porque no es lo que necesitamos. Nunca nos va a abandonar y, por lo tanto, no tenemos que preocuparnos, porque siempre vamos a tener lo que necesitamos. Podríamos preguntarnos: ¿acaso necesitan los pobres no tener dinero? ¿acaso alguien necesita un cáncer? ¿acaso necesita una madre que su hijo muera a causa de la violencia o de enfermedad? ¿acaso necesita alguien tener dolores físicos? La respuesta a estas preguntas, evidentemente, será que no. Pero Dios sí da lo que se necesita: mover los corazones de otros al auxilio, la iniciativa propia para luchar por la mejoría de las condiciones; la fortaleza para soportar lo que llegue; la paz; el espíritu de servicio para auxiliar a otros; la esperanza. Es decir, todos los dones y los frutos del espíritu.

Lo que da el Señor, que es lo que necesitamos es esa seguridad que proclama el salmista: mantendré el amor de mi Señor. Y lo que da, sobre todo, una y otra vez, es la llamada a no abandonar a Dios que se intuye en la lectura de Crónicas y se dice claramente en el evangelio de hoy: nadie puede servir a dos señores. Es decir, se llama a depender totalmente del Señor que da lo necesario y a veces los caprichos. El Dios que, por amor, no cede al chantaje emocional, sino a su corazón de Padre justo. A quien cuida del pajarillo y de la flor del campo. Para quien somos hijos amados y mimados, aunque no consentidos. A su inmensa y eterna Providencia.

Carmen Fernández Aguinaco

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