Comentario al Evangelio del 20 de agosto de 2026
Hoy se nos habla del corazón. Del corazón, es decir, de lo más íntimo y sensible del ser humano. En todas las épocas y lugares la palabra, el símbolo y el gesto, señalan algo universal, intuitivo: es el “lugar” del amor y del odio, del valor y la cobardía, del orgullo y la humillación…
Las lecturas hablan de nosotros, hablan del corazón. El amenazador Ezequiel de las advertencias de destierro y muerte, cambia el registro, profetiza la salvación al pueblo endurecido y disperso. El pueblo elegido será purificado, curado de inmundicias e idolatrías. Como toda la Escritura, lo dicho a los judíos en el s.VI a.C. sigue vigente para nosotros: se nos arrancará el corazón de piedra y recibiremos un corazón de carne porque como dice el salmo: “un corazón quebrantado y humillado, tu no lo desprecias”. Es tal nuestra condición que aún formando parte del nuevo pueblo de Dios que es la Iglesia, nunca nos faltan motivos para arrepentirnos, pedir perdón y suplicar ese “corazón de carne” dócil a la voluntad de Quien nos creó.
Somos un pueblo al que toda la humanidad está convocada. Los primeros invitados a las bodas, judíos contemporáneos de Jesús, no solo se excusaron, también maltrataron y mataron a los emisarios. Muchos más aceptaron la invitación para acudir al banquete… Como nosotros. Pero tengamos cuidado, porque lo mínimo para ser recibidos es ir vestidos de fiesta. La primera invitada vestida con esplendor fue María y no solo invitada sino colaboradora imprescindible…
La Iglesia celebra la memoria de San Bernardo, el santo que escribió mucho y muy bien sobre María: «Mira a la Estrella, invoca a María… Si la mantienes en tu boca y la guardas en tu corazón, nunca te desviarás. Quien obedece al amor purifica su propio corazón, imitando a Aquella que fue el receptáculo más puro de la gracia». Y estamos en un mes dedicado al Corazón de María… leyendo una web creada por un grupo de claretianos, es decir de hijos del Corazón Inmaculado de María. Encomendémosle a Ella que cuide de nuestro corazón.
Virginia Fernández Aguinaco