Comentario al Evangelio del 20 de abril de 2026
Queridos hermanos, paz y bien.
Lo sabemos desde siempre: seguir a Cristo puede ser perjudicial para la salud. Que se lo digan a san Esteban, que va a morir apedreado por ser fiel al Señor. Que le pregunten a los grupos de católicos secuestrados en Nigeria la noche de Pascua, por acudir a la Vigilia al templo. Por ejemplo.
Incluso en Navidad, la Liturgia nos recuerda que la vida y la muerte están unidas, celebrando a san Esteban el día después de celebrar el Nacimiento de Cristo. Los mártires nos recuerdan que se puede ser fiel hasta el final. Hasta dar la vida, como hizo el Maestro. Ya lo dijo Jesús, “el discípulo no es más que su maestro”. Con Esteban se repiten los prejuicios, las envidias, los falsos testimonios y, al final, la muerte injusta de un justo. Nada nuevo bajo el sol.
Esteban estaba lleno de gracia y de poder, porque había encontrado la fuerza en la resurrección de Cristo. Esteban creyó en el Enviado de Dios, y lo hizo de verdad. Sin vacilaciones. Como un verdadero discípulo.
Nosotros vivimos en un mundo “gaseoso”, “líquido”, “relativista”, en el que nos cuesta ser fieles y constantes. La inmediatez nos va llevando y se nos olvida lo importante. Pasa lo mismo en la relación con Dios. La crítica de Jesús puede seguir siendo justa: “me buscáis porque habéis comido pan hasta saciaros”. En el grupo de seguidores de Jesús los había muy fieles, y había otros que estaban con el Maestro por el interés o por curiosidad. Comer de balde o ver milagros es siempre interesante. Pero por el interés o por la curiosidad no se puede ser mártir. Ni ser un verdadero discípulo, cuando las cosas vienen mal dadas.
La pregunta de los contemporáneos de Jesús: «¿qué tenemos que hacer para realizar las obras de Dios?», es muy actual. Creer en Jesucristo, en el Enviado del Padre, es la mejor manera de realizar las obras de Dios. ¿Cómo podemos traducir estas palabras en nuestras vidas, hoy?
Podemos empezar amando a Dios y al prójimo. Para un cristiano actual, esto significa que cada acción —desde decisiones éticas en el trabajo hasta la manera de relacionarnos con otros— debería reflejar este amor.
En el siglo XXI, las tentaciones y distracciones son muchas: consumismo, redes sociales, presión por el éxito, etc. Las “obras de Dios” implican practicar la integridad y la honestidad, cultivar la humildad y el servicio, buscar la justicia y la misericordia en nuestra comunidad. Esto se refleja en acciones concretas: voluntariado, si es posible, ayuda al necesitado, defensa de los vulnerables, respeto por el medio ambiente y la verdad, por ejemplo.
Hoy, realizar las obras de Dios no se limita a actividades “religiosas”, Se puede ser un ejemplo de perdón y reconciliación en conflictos. O ser generoso y compasivo, incluso en pequeñas cosas.
Para saber qué obra concreta hacer en cada momento, es importante orar cada día, leer y rezar con la Biblia. Esto ayuda a no actuar solo por impulso, sino de manera alineada con la voluntad de Dios.
Vuestro hermano en la fe, Alejandro, C.M.F.

