Comentario al Evangelio del 2 de noviembre de 2026
A veces oímos, en ambientes de no creyentes o bautizados que hace años se alejaron de la Iglesia, expresiones de amor y estima hacia sus parientes o amigos difuntos como “esté donde esté”, “allá arriba”, “te llevamos en el corazón”… Incluso quienes se tienen por ateos, parecen aferrarse al deseo irrenunciable de mantenerse en la existencia y aun más de que los seres amados vivan.
Cuando amamos profundamente a alguien, nuestro deseo de protegerlo, perpetuarlo y estar con esa persona es infinito. El filósofo Maurice Blondel ve en ese deseo el síntoma de que el ser humano está constitucionalmente abierto a una resolución que supera los límites de la naturaleza física.
Los que creemos en Cristo encontramos en el pasaje de Juan, que nos propone la liturgia de hoy, una certeza que rebasa todo lo que podemos imaginar acerca de la vida eterna. Él nos ha preparado un “lugar”. Por supuesto el término lugar es en las palabras de Jesús una especie de metáfora. ¿Cómo hacernos entender algo que se dará fuera de nuestro espacio y nuestro tiempo en la tierra?.
En palabras de C.S. Lewis: «El Cielo es el destino natural del alma creada por Dios: Nuestro lugar en el Cielo parecerá estar hecho exclusivamente para cada uno de nosotros porque fuimos creados para ocuparlo; fuimos creados para ello puntada a puntada, como el guante para la mano”. Son muchas moradas preparadas por Cristo Resucitado para cada uno de los que creemos en Él y tratamos de seguirle día a día.
Tendremos el cielo prometido si de verdad creemos. Y ello nos llevará a considerar con una mirada diferente todo lo que nos acontece en esta vida: sinsabores, fracasos, incomprensiones, enfermedad, soledad, miedo, triunfos, placeres, aficiones, tareas pesadas, sufrimiento… Como escribió San Pablo “todo lo tengo en nada”. Tal vez porque, como relata en Corintios, 2: Conozco a un hombre en Cristo, que hace catorce años (si en el cuerpo, no lo sé; si fuera del cuerpo, no lo sé; Dios lo sabe) fue arrebatado hasta el tercer cielo. Y conozco al tal hombre… que fue arrebatado al paraíso, donde oyó palabras inefables que no le es dado al hombre expresar.
Carmen Fernández Aguinaco