Comentario al Evangelio del 19 de septiembre de 2026
¿Y quién tiene la culpa de ser terreno pedregoso o terreno de zarzas? ¿O quien se puede atribuir el mérito de ser tierra buena? Recuerdo a un compañero y amigo ya fallecido que me decía que él era bueno. Pero que no eso no era ningún mérito porque era bueno porque era así de siempre. Pues eso, que a esta parábola de Jesús, y a su explicación, le tenemos que dar un poco la vuelta, pasándola por un buen baño de misericordia.
Digo esto porque me da la impresión de que esta parábola le ha llevado a muchos en primer lugar a la reflexión sobre el propio modo de ser y a culpabilizarse. Somos malos porque no somos esa tierra buena en la que cae la semilla y da buenos frutos. Y eso, concluimos, porque no escuchamos bien la palabra ni la acogemos en el corazón. Y cada vez que pensamos así nos vamos dando latigazos en la espalda y sintiéndonos malos. El siguiente paso es pensar que, si no damos frutos como debiéramos, es porque en realidad somos tierra pedregosa o estamos llenos de zarzas (¿pecados? ¿intereses espurios? ¿egoísmos?). Y ahí está la culpa, sentirnos culpables. Más latigazos. Más sentirnos hundidos.
Propongo otro camino. Vamos a comenzar aceptando que en nuestro campo hay buena tierra, por supuesto. Pero también hay zonas llenas de piedras y zonas donde solo crecen, sólo pueden crecer, zarzas. Esa es nuestra realidad. Así nos ha creado Dios, con estas limitaciones e imperfecciones. Lo primero es aceptarnos como somos. Y lo segundo es confiarnos a la misericordia de Dios que es capaz de sacar buenos frutos de donde nosotros no somos capaces de sacar más que muerte y desolación. ¿O es que no confiamos en el poder salvador y vital de Dios?
No se trata de culpabilizarnos sino de aceptar lo posible. Y hasta hacernos a la idea de que en las zarzas de la vera del camino, crecen unas moras que da gusto comerlas de lo dulces y sabrosas que son. Es verdad que, por estar al borde del camino, a veces están cubiertas por el polvo. Pero eso no quita nada de su sabrosura. Conclusión: más misericordia y menos culpabilizarnos de lo que, tantas veces, no podemos cambiar.
Fernando Torres, cmf