Comentario al Evangelio del 19 de octubre de 2026
¿De qué le sirve al hombre ganar el mundo?
Queridos hermanos, paz y bien.
Tumbarse, comer, beber y darse la buena vida, en principio, suena bien, para qué nos vamos a engañar. Me imagino que será el sueño de muchos. Sobre todo si te lo has ganado. Pero… En las cosas de Dios siempre hay un pero. Lo recuerda san Pablo en la primera lectura, “Antes procedíamos nosotros también así; siguiendo los deseos de la carne, obedeciendo los impulsos de la carne y de la imaginación”; se ve que la cosa viene de antiguo. Por eso, hay que pararse a pensar, a escuchar la Palabra.
Hay momentos en los que una palabra de Jesús puede resultar especialmente incómoda porque toca algo muy concreto de nuestra vida. El Evangelio de hoy habla de dinero, de posesiones, de seguridad y de futuro. En definitiva, habla de una pregunta que todos llevamos dentro: ¿qué necesitamos para sentirnos seguros y felices? Todo comienza cuando alguien se acerca a Jesús y le pide que intervenga en un conflicto familiar: «Maestro, dile a mi hermano que reparta conmigo la herencia». Parece una petición razonable. Hay una cuestión de justicia que resolver. Sin embargo, Jesús no entra directamente en el reparto de bienes. Mira más profundamente y advierte: «Guardaos de toda clase de codicia, porque, aunque uno nade en la abundancia, su vida no depende de sus bienes».
Jesús no está diciendo que el dinero sea malo ni que poseer bienes sea necesariamente algo negativo. Lo que pone en cuestión es algo mucho más profundo: la tentación de convertir las riquezas en el fundamento de nuestra vida. Podemos tener muchas cosas y, sin embargo, sentirnos vacíos. Podemos disponer de una buena situación económica y seguir teniendo miedo al futuro. Podemos acumular bienes, éxitos, reconocimientos o seguridades y descubrir que ninguna de esas cosas puede responder por completo a las preguntas más importantes: ¿quién soy?, ¿para qué vivo?, ¿a quién amo?, ¿qué sentido tiene mi vida?
Para explicarlo, Jesús cuenta la parábola de un hombre rico cuya tierra había producido una cosecha abundante. El hombre piensa solamente en sí mismo: tiene mucho y quiere almacenar todavía más. Derriba sus graneros y construye otros mayores. Después se dice: «Alma mía, tienes bienes acumulados para muchos años; descansa, come, bebe y banquetea». A primera vista, parece una historia de éxito. El hombre ha trabajado, ha producido y ha conseguido una gran cosecha. Pero hay algo que llama poderosamente la atención: en toda la historia no aparece nadie más. No piensa en su familia, en sus trabajadores, en los pobres, en sus vecinos ni en Dios. Todo gira alrededor de él mismo.
«Mis cosechas», «mis graneros», «mis bienes», «mi alma». Su mundo se ha ido haciendo cada vez más pequeño, hasta quedar reducido a él mismo y a lo que posee. Y aquí está el verdadero problema. La riqueza puede convertirse fácilmente en una ilusión de autosuficiencia. Nos hace pensar: «Cuando tenga esto, estaré tranquilo. Cuando consiga aquello, podré descansar. Cuando tenga suficiente dinero, ya no necesitaré preocuparme». Pero la vida humana es mucho más frágil de lo que imaginamos.
Por eso la respuesta de Dios resulta tan fuerte: «Necio, esta noche te van a reclamar el alma; ¿de quién será lo que has preparado?» Jesús no pretende asustarnos. Quiere despertarnos. La parábola nos recuerda que no somos dueños absolutos de nuestra vida. Recibimos el tiempo, nuestras capacidades, las personas que amamos, las oportunidades y también los bienes materiales. Podemos administrarlos, disfrutarlos y utilizarlos responsablemente, pero no podemos convertirlos en nuestro dios. La pregunta que Jesús nos plantea no es cuánto tenemos, sino qué lugar ocupa lo que tenemos en nuestro corazón.
Podemos preguntarnos sinceramente: ¿vivo para tener o tengo para vivir? ¿Mis bienes están al servicio de mi vida y de los demás, o mi vida está al servicio de conservar y aumentar mis bienes? ¿Qué ocurre cuando alguien toca aquello que considero «mío»? ¿Soy capaz de compartir? ¿Sé reconocer que también los demás tienen derecho a vivir con dignidad?
El Evangelio nos invita a recuperar una palabra que nuestra sociedad necesita mucho: la gratuidad. No todo tiene que convertirse en beneficio. No todo se mide por su precio. Hay cosas que verdaderamente hacen rica nuestra existencia y que no se pueden comprar: una amistad sincera, el amor de una familia, el perdón recibido, una conversación, una comunidad, el servicio a una persona necesitada, la oración, la capacidad de agradecer. Y, sobre todo, está nuestra relación con Dios.
Al final, Jesús resume la enseñanza con una expresión preciosa: «Así es el que atesora para sí y no es rico ante Dios». Ser «rico ante Dios» significa vivir de otra manera. Significa reconocer que la vida es un don y que nuestros bienes tienen también una dimensión social. Significa saber recibir, agradecer, compartir y servir. Significa que nuestro corazón no queda encerrado en lo que poseemos, sino que permanece abierto a Dios y a los demás.
Quizá el Evangelio de hoy nos invita sencillamente a revisar nuestras prioridades. No se trata de abandonar nuestras responsabilidades ni de despreciar el trabajo, el ahorro o una vida económicamente responsable. Se trata de no permitir que las cosas ocupen el lugar que corresponde a Dios y a las personas. Porque podemos pasar muchos años construyendo graneros y descubrir demasiado tarde que nos olvidamos de construir una vida. Hoy Jesús nos invita a detenernos y mirar nuestro corazón. Tal vez no necesitemos más cosas, sino aprender a vivir con mayor libertad. Tal vez necesitemos menos acumulación y más gratitud; menos preocupación por tener y más disponibilidad para compartir; menos miedo al futuro y más confianza en Dios.
Cuando acabe nuestra vida no podremos llevarnos nuestros bienes. Pero sí podremos llevar el amor que hayamos dado, el bien que hayamos hecho y la relación que hayamos construido con Dios y con los demás. La verdadera riqueza no consiste en tener mucho, sino en tener un corazón capaz de amar. Con palabras del obispo Pedro Casaldáliga, “Al final del camino me dirán: / —¿Has vivido? ¿Has amado? / Y yo, sin decir nada, / abriré el corazón lleno de nombres”. Que el Señor nos conceda la sabiduría para utilizar nuestros bienes sin convertirnos en esclavos de ellos, la generosidad para compartir lo que hemos recibido y la libertad interior para descubrir que nuestra vida vale infinitamente más que todo aquello que podemos poseer.
Vuestro hermano en la fe, Alejandro, C.M.F.