Comentario al Evangelio del 19 de junio de 2026
¿Dónde estás, corazón?

Los tesoros no se pierden fácilmente o accidentalmente. La gente guarda cosas en cajas fuertes, en bancos, debajo del colchón… Les parece que ahí están a salvo, aunque a veces no parece servir de mucho todo eso que esconden. Alguien lo puede encontrar, requisar, robar… o se puede corroer, quemar, arruinar. Con el tesoro perdido se puede perder también parte del pálpito del corazón, porque se habían puesto en ese tesoro esperanzas de futuro, de comodidad y seguridad material. Pero al final, todo el esfuerzo por esconder, mantener, guardar, puede no haber merecido la pena. Eso mismo dice Jesús en el evangelio de hoy. No os aferréis a lo que tiene límites de tiempo y de espacio. No pongáis ahí el corazón, porque también el corazón se pudrirá, se corromperá o se desviará. Perderá el pálpito y se paralizará. Y entonces, solo puede sobrevenir la muerte.
El tesoro, como el corazón, está a buen recaudo cuando está en las cosas en las que Dios se deleita: la bondad, la belleza, la verdad. Cuando lo más importante, lo que queremos mantener por encima de todo, es las buenas obras, la amabilidad, la apertura y hospitalidad, el servicio a los demás; la oración y la liturgia y el buscar la armonía familiar y social; la justicia que da a cada uno lo que necesita y le corresponde y que defiende la verdad. Es decir, el tesoro está en vivir la vida de la Iglesia que es Eucaristía, servicio, oración, comunión y testimonio. No se trataría de hacer prodigios, como nos vienen diciendo las lecturas toda la semana, sino los prodigios diarios y ocultos, pero que, como los de Elías, dan el salto a la eternidad. Todo un carro de fuego que transporta hasta Dios. Esos son los verdaderos tesoros. Se trata de poner nuestro corazón dentro del corazón de Dios y así no perderlo. Se trata de tener nunca que cantar angustiadamente, ¿dónde estás, corazón?. Pero a veces, sí preguntárselo a uno mismo, para rectificar caminos y volver a la verdad.
Carmen Fernández Aguinaco