Comentario al Evangelio del 19 de julio de 2026

Fecha

19 Jul 2026

El que tenga oídos, que oiga.

Queridos hermanos, paz y bien.

El Evangelio no descansa ni en verano. Es un yugo llevadero y una carga ligera, pero que insiste a tiempo y a destiempo. Seguimos, un domingo más, con estas recomendaciones, bien aleccionadores, en forma de parábolas. Cizaña, mostaza y levadura son tres características de un mismo tríptico con el que Jesús nos invita a ver y valorar nuestra fe.

En conjunto, las lecturas de hoy nos recuerdan que nuestro Dios es lento a la ira y dado a la misericordia. Dios quiere perdonar, porque desea olvidar, las veces que haga falta, el pecado del hombre. “Diste a tus hijos la dulce esperanza de que, en el pecado, das lugar al arrepentimiento». Esta expresión, “dulce esperanza”, merece la pena meditarla hoy. Porque Dios – Padre Nuestro – va siempre tras su pueblo, procurando que se arrepienta y vuelva al buen camino.

Esperanza nos da también san Pablo en su breve fragmento de hoy. Él nos anima a orar siempre, porque “el Espíritu viene en ayuda de nuestra debilidad, porque nosotros no sabemos pedir lo que nos conviene, pero el Espíritu mismo intercede por nosotros con gemidos inefables.” No hemos de temer que no seamos capaces de orar como debemos, por culpa de nuestras debilidades, ni por una voluntad rota, ni porque seamos reincidentes en las faltas y pecados. Llegará el equilibrio, vendrá el Espíritu en nuestra ayuda. El Señor cuida de que sus Hijos no se pierdan. Hay gracia sobreabundante donde reinó el pecado.

No podemos dar por asumido ese juego maniqueo del bien y del mal, por el cual cada uno se alinea en un lado o en otro, como en un partido de fútbol. El bien vence al mal con la ayuda de Dios. Y ese es el camino. Tenemos la obligación de luchar urgentemente contra el mal y sacar de sus garras a nuestros hermanos. No hay reparto previo de malos y buenos en cantidades prefijadas, ni predestinación. «Tu, Señor, eres bueno y clemente», dice el salmo que proclamamos hoy. Se trata de rezar siempre invocando la bondad y la clemencia de Dios, pues esa será la llave de la Salvación. La esperanza completa de que un día seremos salvados por la generosidad de Dios no nos puede hacer olvidar que el mal está en nosotros. Pero también Dios está cerca para escuchar los gemidos de nuestro corazón «humilde y contrito».

¿Qué es la cizaña hoy? Podríamos decir que todo aquello que nos aleja de Dios. Lo que nos ahoga y nos impide crecer como cristianos y como personas. El mal, en definitiva. Nos intentan convencer, en muchos lugares, de que todo vale, que cada uno puede pensar y vivir como quiera. Ya casi no podemos distinguir el bien del mal. Con el Evangelio en la mano, está claro que tenemos que luchar con todas nuestras fuerzas para no dejarnos abrazar por los tentáculos de la maldad, aunque venga disfrazada de falsos progresismos. Porque la cizaña nos quiere envolver, a todas horas y en diversos campos: en la conciencia, en el pensamiento, en el trabajo, en la Iglesia, en los grupos, en la política…  Lo malo no es que exista la cizaña, lo malo es acostumbramos a crecer (o menguar) en medio de ella e ir cediendo terreno, queriendo o sin querer, en aquello que es esencial en el seguimiento a Jesús. Ahí está la lucha paciente de cada día.

Una vez conscientes de la verdad que llevamos entre manos, del esfuerzo que supone “pelear” con la fuerza pequeña e invisible del Evangelio, nos daremos cuenta de lo que significa la levadura de un cristiano en el mundo. La semilla de Dios puede que sea pequeña. A veces nos parece del todo utópica o inservible. La mostaza es ese gran regalo que recibimos en el día de nuestro Bautismo. Puede que, algunos, les parezca inexistente o que, incluso, todo lo que rezamos y celebramos, realizamos o ayudamos les resulte aparentemente estéril. Esa es la grandeza de Dios: sin saberlo nosotros, Él va haciendo de las suyas. La semilla crece.

Hasta hace cuatro días, como quien dice, nuestra sociedad occidental, estaba totalmente impregnada (por lo menos exteriormente) del aroma del Evangelio. En la actualidad, y por diversas razones que todos conocemos, urge una nueva evangelización. Ésta sólo será posible si cada cristiano (seamos muchos o pocos) nos ponemos como objetivo de nuestro paso por el mundo el deseo de ser levadura. De iniciar a muchos, desde cero, en su práctica cristiana. Ser levadura, acostumbrados a ser masa, es difícil.

Pero el Señor, por si lo hemos olvidado, nos da la seguridad de que, en medio de la noche oscura, dificultades, persecuciones, falta de vocaciones, etc., el Espíritu Santo sigue actuando. Y no hace falta ser océano, seamos gotas de agua; no pensemos en ser bosque, que cada uno sea un árbol.

No es bueno cruzarse de brazos, por supuesto que no, pero tampoco es serio el que lleguemos a pensar que “esta empresa” es tan nuestra que no dejemos a Dios la suficiente libertad para actuar en ella, o seamos tan desconfiados que creamos que el presente y el futuro de la fe dependen exclusivamente de nuestros esfuerzos y empeños pastorales.

La advertencia de Jesús es incordiante. Jesús vendría a decir: «¡no pienses que es fácil distinguir entre la cizaña y el trigo, el bien y el mal». «¡No quieras arrancar la cizaña, porque es muy fácil que arranques también el trigo… Espera!». Que lo que llamamos «bien» y «mal» crezcan juntos. En el momento del juicio, se verá con claridad lo uno y lo otro.

Por tanto, el reconocimiento de la existencia de la cizaña, no significa nada más que el reconocimiento de que existe. No se trata de una afirmación de su poder o de su capacidad para doblegarnos. No es un planteamiento pesimista, ni siniestro. Es la constatación de una realidad que nos circunda. Debemos releer después de la Eucaristía el fragmento del Evangelio de san Mateo que hoy hemos proclamado. Jesús nos dice que existe el mal y nos lo muestra para que no seamos engañados por «falsas bondades». Hemos de protegeremos del engaño del Maligno, pues sus armas preferidas son precisamente esas mentiras con aspecto de verdades entretejidas especialmente para nosotros, con parte de los materiales – malos – que tenemos dentro. Jesús nos avisa de ese peligro. Hemos de escucharle. Hoy y siempre.

Vuestro hermano en la fe, Alejandro, C.M.F.