Comentario al Evangelio del 18 de octubre de 2026
Dar a Dios lo que es de Dios.
A veces pensamos que Dios solo actúa a través de las personas que comparten nuestra fe o viven de acuerdo con nuestras costumbres religiosas. Pero su Palabra nos invita a ampliar nuestra mirada y descubrir que el Señor puede servirse de caminos inesperados para realizar sus planes. En la primera lectura aparece una figura sorprendente: Ciro, rey de Persia. Dios lo llama «su ungido», aunque no pertenece al pueblo de Israel. Por medio de él, el Señor abrirá el camino para que los israelitas regresen del destierro. Lo que era imposible comienza a ser realidad a través de alguien de quien nadie habría esperado una intervención semejante.
Este relato nos recuerda que Dios no está encerrado en nuestros esquemas ni podemos poner límites a su acción. ¿Cuántas veces una persona diferente de nosotros nos ha enseñado algo importante? ¿Cuántas veces una dificultad o un cambio inesperado nos ha abierto una puerta que no imaginábamos? La fe nos invita a mantener el corazón abierto y a reconocer las oportunidades de gracia que pueden surgir incluso en situaciones difíciles.
El Señor nunca olvida a su pueblo. Aunque Israel haya atravesado la dolorosa experiencia del destierro, Dios permanece fiel y sigue abriendo caminos de esperanza. También nosotros vivimos momentos en los que parece que todas las puertas se cierran: una enfermedad, una preocupación familiar, una dificultad económica o una decepción. Quizá Dios no cambie inmediatamente nuestras circunstancias, pero puede sostenernos, renovar nuestra esperanza y poner en nuestro camino personas que nos ayuden.
La lectura culmina con una afirmación decisiva: «Yo soy el Señor, y no hay otro». Ningún poder humano, ninguna riqueza ni ninguna dificultad tiene la última palabra sobre nuestra existencia. A menudo buscamos seguridad en el dinero, el prestigio o nuestras propias capacidades, como si todo dependiera sólo de nosotros. Confiar en Dios no significa quedarse de brazos cruzados, sino afrontar la vida con responsabilidad y trabajar por el bien con fe.
Esta lectura tiene también una consecuencia para nuestra vida cristiana. Si Dios pudo actuar a través de Ciro, no debemos apresurarnos a juzgar a las personas por sus ideas, su procedencia o su manera de vivir la fe. Esto no significa que todo dé igual, sino que debemos aprender a reconocer el bien allí donde aparece. Escuchar antes de juzgar, colaborar con quienes trabajan por la justicia y la paz, y abrir espacios de diálogo son maneras concretas de vivir el Evangelio.
Ese Evangelio en el que algunos fariseos y herodianos intentan poner a Jesús en una situación comprometida. Le preguntan si es lícito pagar el impuesto al César. La pregunta es una trampa: si responde que sí, puede perder la simpatía del pueblo; si responde que no, pueden acusarlo ante las autoridades romanas. Pero Jesús no se deja atrapar. Pide que le muestren la moneda del impuesto y pregunta de quién son la imagen y la inscripción. Cuando le responden que del César, pronuncia unas palabras que siguen iluminando nuestra vida: «Pues dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios».
Jesús no invita a desentenderse de las responsabilidades sociales ni a confundir la fe con los intereses del poder. Reconoce que existen obligaciones legítimas en la vida pública, pero recuerda que Dios ocupa un lugar que nadie puede usurpar. El dinero, el poder y las estructuras sociales tienen su importancia, pero no son lo absoluto. La conciencia humana no puede quedar sometida por completo a ningún poder, porque la persona está llamada a vivir ante Dios con libertad y responsabilidad.
Esta lectura nos invita a preguntarnos cómo vivimos nuestra condición de ciudadanos y nuestra fe cristiana. Cumplir las obligaciones, respetar las leyes justas, contribuir al bien común y preocuparnos por quienes sufren son formas concretas de responsabilidad. La fe no nos aparta de la sociedad: nos anima a trabajar para que sea más justa, fraterna y humana. Al mismo tiempo, cuando una exigencia humana contradice gravemente la dignidad de las personas o la conciencia moral, el cristiano no puede justificarla simplemente diciendo que «así son las cosas». Es la tarea del profeta.
Pero hay una pregunta todavía más profunda: ¿qué significa dar a Dios lo que es de Dios? La moneda llevaba la imagen del César, pero cada uno llevamos impresa la imagen de Dios. Por eso, no basta sólo con reservar un momento para rezar o acudir a la iglesia. Pertenecer a Dios significa ofrecerle nuestra vida entera: nuestras decisiones, nuestros talentos, nuestro trabajo, nuestras relaciones y la manera de tratar a los demás.
Podemos preguntarnos si nuestra fe transforma realmente nuestra forma de vivir. ¿Somos honestos cuando nadie nos observa? ¿Tratamos con respeto a quienes piensan de manera diferente? ¿Nos preocupamos por los pobres, los enfermos y las personas que se sienten solas? ¿O reducimos la religión a unas prácticas que no influyen en nuestras decisiones cotidianas?
Que este Evangelio nos ayude a cumplir nuestras responsabilidades con madurez y a vivir nuestra fe con coherencia. Porque dar a Dios lo que es de Dios no consiste solamente en pronunciar su nombre, sino en dejar que su amor transforme todo lo que somos y hacemos. No siempre comprenderemos cómo actúa, pero podemos vivir con la certeza de que nuestra historia no está abandonada a la desesperanza. Dios sigue trabajando en ella y nos invita a colaborar con él mediante nuestras decisiones y nuestros gestos cotidianos.
¿Estoy dispuesto a reconocer la acción de Dios a través de personas y acontecimientos inesperados? ¿Qué situación de mi vida necesito poner hoy en manos del Señor, confiando en que puede abrir un camino nuevo? ¿Mi fe influye realmente en mis decisiones, en mi trabajo y en mi manera de relacionarme con los demás? ¿Qué lugar ocupa Dios en mi vida? ¿Hay algo —el dinero, el éxito, el poder o la opinión de los demás— que esté ocupando el lugar que le corresponde a Él?
Vuestro hermano en la fe, Alejandro, C.M.F.