Comentario al Evangelio del 18 de noviembre de 2026

Fecha

18 Nov 2026

El soberano de todo

El Evangelio de hoy nos presenta un ser algo desagradable. Quiere ser rey por encima de todo y al final, manda ejecutar a quienes se le oponían. Puede sonar incluso familiar en algunos contextos políticos. Pero el mensaje no se centra en esa ambición y despotismo, sino más bien en dar lo que es debido a quien es debido. Al tres veces santo, todo honor y gloria y poder. Ese soberano de la primera lectura no se parece mucho al pretendido rey que se presenta en el Evangelio, pero sí en que concede generosamente gracia sobre gracia. Y sigue dando al que ya tenía, porque el que ya tenía ha sabido dar fruto y multiplicar el don. Porque no se lo ha quedado cobardemente.

Muchas veces se usa esta lectura para animar a las personas a utilizar sus talentos y sus dones para el bien de los demás. Ciertamente, eso es muy importante. Pero quizá la mayor insistencia de hoy sea más bien el dar la gloria debida a Dios. Es decir, los talentos no son propios, no son para guardarlos, sino para devolvérselos al que da todos los dones en alabanza. Es decir, no es animar al esfuerzo denodado, personal e individualista de hacer producir lo recibido para acumular méritos. Al fin y al cabo, la energía para hacer esa multiplicación también viene de él. Hacer multiplicar los dones, no para gloria y mérito personal, sino para responder a Dios como es debido, no es una opción. No hay posibilidad de ser fiel a Dios si se entierran.

Hay personas que, por centrarse demasiado en sí mismas, aducen con falsa humildad que no tienen la capacidad de multiplicar sus dones. Otras que se asustan ante el trabajo que implicaría hacerlos fructificar, y los ocultan, para que nadie les pida nada. La cobardía o el egoísmo son el producto de confiar solamente en las propias fuerzas. La alabanza debida a Dios, por el contrario, implica lanzarse, con total abandono en la misericordia del Soberano, a producir lo que se pueda mientras se pueda. Y el resultado es el gozo de Dios, la única fuerza real. Cada uno tendremos que preguntarnos qué enterramos, por qué y cuál es el resultado de tal enterramiento. No porque el rey sea un abusador, sino porque nos quedamos fuera del gozo.

Cármen Fernández Aguinaco

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