Comentario al Evangelio del 18 de marzo de 2026
¡Salid!
Siguiendo el ritmo de los temas bautismales presentados en Cuaresma en camino hacia la Vigilia Pascual (luz, agua, muerte-resurrección), las lecturas de hoy repiten una palabra importante: ¡Salid! Y, ¿de dónde hay que salir? Principalmente, de las tumbas donde a veces casi voluntariamente nos metemos. Un vicio enconado, una mala costumbre, un rechazo al perdón y la reconciliación, unos juicios enrocados, un narcisismo absurdo, una envidia inexplicable, una mentira convertida en bola de nieve… Son a veces decisiones diarias incluso algo inconscientes, que nos hacen abandonar el camino de la vida. Hoy se nos invita a salir de la tumba al escuchar la voz de Dios llamando. No es fácil, porque quizá la tumba, en su recogimiento y oscuridad sea más fácil y cálida que un nacimiento a la luz y a frías realidades. Y porque al salir, hay que gritar como gritan los recién nacidos. Según Isaías, gritar de alegría ante la enorme misericordia de Dios que llama. Dios es compasivo y lento a la ira. Y siempre sigue invitando a salir de las tumbas. “Los que yacen en la tumba escucharán mi voz”, dice el Evangelio hoy.
Hay quien dice que para morir solo hace falta estar vivo; es decir, que podemos morir en cualquier momento porque somos seres caídos. Todos los días morimos de alguna manera. Pero siempre está la voz y la mano que perdona invitando a salir. Pero para morir del todo, irremediablemente, solo hace falta estar en la tumba y no escuchar la invitación a salir. De la tumba se puede salir, pero hace falta una fuerza extremadamente grande. Es la voz de Cristo la que tiene la fuerza de sacarnos de cualquier cosa. Es la fuerza de quien no vino a hacer su voluntad, sino la de su Padre. Sólo él es uno con el Padre y por tanto, sólo él, con su sacrificio podrá redimirnos. Sólo ese redentor podrá sacarnos de las muertes que hemos acarreado sobre nosotros mismos. Solo él podrá retirar la piedra . Sólo él, como lo hizo con Lázaro, se conmueve ante nuestra muerte. Sólo Él ha vencido a la muerte. Y sólo él, compasivo y misericordioso, rico en piedad y leal, nos sacará.
Cármen Fernandez Aguinaco

